Manuel Chaves Nogales. “El maestro Juan Martínez que estaba allí”

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El nazismo y el comunismo en la literatura española contemporánea

La última novela de Diego Doncel: “Amantes en el tiempo de la infamia” me ha hecho caer en la cuenta de algo: los autores españoles contemporáneos van siempre de pesca al mismo caladero. Y no me refiero ahora a la España de 1931-1975 o a las dictaduras de Chile y Argentina sino a que cuando salen de viaje por Europa van siempre a pescar al mismo sitio; que si quieren usar o poner un ejemplo –absolutamente cierto- del Mal como argumento o ambientación de sus novelas todos recurren al mismo: el nazismo; y ninguno al comunismo de la URSS.

No voy a hacer en este caso de abogado del diablo, que quede claro que el nazismo y todas sus copias y derivados se merecen la misma rotunda e incondicional condena, pero que también, y precisamente por las mismas razones, el comunismo y el régimen de Stalin se merecen el mismo tratamiento. Es suficiente con ver “Katyn”, la película de Andrzej Wajda, para entenderlo.

Lo que me resulta curioso –por no decir indecente- es que los autores españoles miren sólo a un lado antes de cruzar una calle que es de dos carriles. Que si escriben una novela en la que quieren mostrar la encarnación de la injusticia y la arbitrariedad, el terror, la represión y la muerte ninguno lo haga utilizando como escenario perfecto la URSS desde 1922 hasta 1953 o los países de la Europa del Este al otro lado del Telón de Acero. Todos parecen –y yo con ellos- tener muy claro que el nazismo merece una denuncia persistente e inagotable; y todos parecen –y en eso no estoy de acuerdo- que aquel comunismo se merece silencio y olvido.

Y en ese sentido resulta muy significativo que la única novela española –que yo conozca- que esté ambientada y denuncie lo que allí había sea este “El maestro Juan Martínez que estaba allí” de Manuel Chaves Nogales publicada en 1934. Y que desde entonces –a excepción de Juan Manuel de Prada en “Me hallará la muerte”– ningún autor español contemporáneo haya escrito algo parecido. Tal vez una –desoladora y clarividente- explicación esté en lo que dice Andrés Trapiello en su prólogo: “… crímenes atroces, pero muy prestigiados intelectualmente. En un momento en que en Europa se vivía con entusiasmo el triunfo de la revolución bolchevique, con la simpatía de la mayor parte de los intelectuales europeos, que veían en el experimento soviético algo prometedor, la crónica de Chaves debió de parecer una impertinencia”. Asunto, tema y verdad impertinente que al parecer se mantiene desde entonces.

“El maestro Juan Martínez que estaba allí” -da igual que sea una novela, un reportaje o una crónica novelada-; relata lo que el bailaor Juan Martínez le contó al periodista Chaves Nogales cuando se encontraron en Paris a cerca de la experiencia vivida por él y su compañera Sole en Rusia durante la revolución de febrero de 1917 y la posterior guerra civil entre blancos y rojos, zaristas y bolcheviques.

El relato resulta brutal y lógico teniendo en cuenta de que se trata de una revolución y una guerra. Los claveles y el pacifismo vendrían mucho después. Toda la crueldad, violencia y represión que se cuenta en la novela a mí no me sorprende. En aquella época la vida no valía nada y el asesinato era el sistema habitual pues se trataba de eliminar literalmente al enemigo. El terror sistemático que se empezó a organizar entonces tan sólo era un anticipo de lo que vendría después: la Gran Purga, el Gulag. Millones de muertos. “Los bolcheviques fueron descartando a quienes no eran los suyos, por muy obreros y proletarios que fuesen”. Y también hallaremos ciertas similitudes que luego pudimos encontrar en la Guerra Civil española: las espeluznantes checas, el enfrentamiento con los anarquistas y socialistas y su lucha por el poder, y el anticlericalismo ejercido a balazos.

El testimonio de Juan Martínez resulta conmovedor por las calamidades que supuso esa (en realidad cualquier) guerra y le toco vivir: la violencia, el peligro, la inseguridad, el miedo, el frío, el hambre, el tifus, la muerte por inanición o fusilamiento, la supervivencia a base de ingenio, robo, soborno, falsificación y un mucho de suerte.

Pero si por algo destaca la  novela de Chaves Nogales es por su independencia, por atreverse a denunciar las dos caras de una misma crueldad y horror ejercido por unos y por otros: rojos, blancos o nacionalistas: “La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos”. Independencia que es la única posición decente que debe adoptar un hombre para ser realmente libre. Lo de denunciar a unos y callar lo de los otros (o los nuestros) no es más que la demostración de un sectarismo indecentemente elocuente.

Aquella URSS es un tema tratado por autores extranjeros; tan sólo de los más recientes puedo citar “La noche de Valia” de Monika Zgustova, “Contra toda esperanza” de Nadiezdha Mandelstam, “El caso Tuláyev” de Víctor Serge; y también publicados por Libros del Asteroide: “Vientos amargos” de Harry Wu y Carolyn Wakeman, y “Vida e insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin” de Vladimir Voinóvich. Pero de autores españoles… el único que yo conozco es “Los últimos aviadores de la República” de Carmen Calvo Jung. Y ninguno más.

El libro de Carmen Calvo trata de la formación de los pilotos republicanos en la antigua Unión Soviética durante la Guerra Civil española, el largo internamiento, tras la derrota de la República y el no querer alistarse en el ejército soviético, de un grupo de ellos en un campo de trabajos forzados –el mismo en el que estaban presos los soldados de la División Azul- y su regreso a España junto a los divisionarios en el buque Semíramis en 1954.

Ahí tienen los escritores una buena historia, un excelente argumento. Pero seguro que de eso nadie hace una película ni escribe una novela.

Y ahora pagarme con vuestra indiferencia. 

Manuel Chaves Nogales. “El maestro Juan Martínez que estaba allí”. Prólogo de Andrés Trapiello. 287 páginas. Libros del Asteroide. Novena edición, Barcelona, 2012.

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Manuel Chaves Nogales. “Juan Belmonte, matador de toros”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes 11 de enero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/94316/ju-vaca

 ¡Ju, vaca!

Los libros suelen atraernos por razones objetivas y subjetivas. En este caso lo objetivo es la figura de Manuel Chaves Nogales; a quien descubrí el año 2004 cuando la Asociación de Libreros de Viejo publicó su “A sangre y fuego” con motivo de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid. Desde entonces –y sobre todo desde hace unos años- se ha reivindicado su nombre y reeditado su obra literaria. Y antes de ese justo redescubrimiento la única de sus novelas que sobrevivió a su muerte y olvido y que todavía aparecía en las librerías de viejo y se reeditaba –la primera edición en “El libro de bolsillo” de Alianza es de 1970- era esta biografía de Juan Belmonte. Novela que se publicó en 1935 y que por su éxito -se llegó a traducir al inglés- le permitió a Chaves Nogales encontrar trabajo como periodista en el Evening News al llegar a Londres en 1940 huyendo de la Francia ocupada y antes del Madrid republicano.

Chaves Nogales es un claro ejemplo de aquella Tercera España que no pudo ser. Pero además de sus novelas sobre la Guerra Civil están esas otras que nos muestran al periodista que dejó testimonio de la actualidad política y social de su tiempo y que ha conseguido superar la inmediatez de la noticia y su condena a la hemeroteca mezclando a partes iguales la buena narrativa y el reportaje periodístico. El Chaves escritor supo ir más allá de la novedad y el asunto de moda. Los temas de sus novelas tratan del presente con vocación de permanencia; una crónica, una experiencia humana –propia y ajena- que resistirán el paso del tiempo y servirán en el futuro para conocer y entender el pasado.

Y al contrario de lo que se hace hoy alabando al famoso de ocasión de usar y tirar; Chaves nos presenta a Juan Belmonte, un personaje sin vanidad en el que hay un transfondo y una enseñanza, un ejemplo sin fecha de caducidad. Porque setenta y siete años después de su publicación esta biografía suya se lee con asombro y auténtica admiración. Una vida que es forja, superación y ambición; duda, sinceridad y éxito, fracaso y fortuna y al mismo tiempo una novela picaresca y costumbrista.

Y las razones subjetivas de elegir este libro están en el interés y la curiosidad por la referencia indirecta que otros han hecho del personaje y una personal manera de rebelarme. Porque Belmonte aparece citado en muchos de los libros que he leído que retratan una época por la que siento una irracional atracción: el Madrid de principios de siglo XX; pero antes de llegar a ese “Madrid pintoresco” me encontré con una Sevilla que Chaves y el torero compartieron: “Ya ha surgido el gran edificio de las pañerías inglesas y aun hay al lado un ropavejero; todavía no se ha ido el memorialista y ya está allí empujándole a morirse la cabina del teléfono público; los quincalleros con sus puestecillos ambulantes disputan la calzada a los raíles del tranvía; los carros de los entradores del mercado llevan a su paso moroso a los automóviles que vienen detrás bocineándoles inúltimente”. El magistral y literario retrato de una sociedad que se transformaba y una ciudad que cambiaba de siglo y que en sus calles crecieron los dos. Un barrio –Triana- en el que Belmonte “jugaba al toro como jugaban entonces todos los niños de mi edad, los mismos que hoy juegan invariablemente al fútbol”. Una primera juventud, una “época heroica”, en la que hizo pandilla con unos “toreros chiflados, gente de una imaginación exaltada que iba a la torería como una aventura novelesca”, un grupo de “anarquistas del toreo” con los que iba por las noches a las dehesas a torear desnudos a la luz de la luna.

Una parte que me resultó mucho más interesante que la anhelada crónica de ese Madrid de bohemia y fonda en la que vivió Belmonte rodeado de una “humanidad pintoresca y atrabiliaria” y que era “la casa más disparatada del mundo” y en el que en el Café de Fornos y su tertulia conoció e hizo amistad con “el escultor Julio Antonio, Romero de Torres, don Ramón María del Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa y Sebastián Miranda”.

Y la otra razón subjetiva en el interés por leer la biografía de un torero es la de llevar la contraria. No soy aficionado a los toros –Chaves Nogales tampoco lo era- pero me fastidia que unos con una evidente hipocresía los hayan prohibido parcialmente y que otros pidan su prohibición. Que unos y otros no nos dejen la libertad de elegir. El que quiera que vaya y el que no que se quede en su casa.

A todos los que no sufran de rabia antiespañola y a los que les guste provocar y epatar a los prohibicionistas les aconsejo leer esta biografía aunque no sean aficionados a los toros . En ella descubrirán a un personaje realmente fascinante. A un torero que fue una “rareza”, alguien que no fue a la escuela más que de los cuatro a los ocho años y que “leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos”. La historia del hijo de un miserable quincallero que pasó hambre y llegó a pedir limosna por los caminos antes de triunfar y conocer el halago y tormento de la popularidad y el bienestar económico; que fracasó muchas veces y se levantó siempre, que dudó y tuvo miedo, disfrutó toreando; viajó por casi toda Hispanoamérica y conoció la plena felicidad haciéndose ganadero y viviendo en el campo.

Manuel Chaves Nogales. “Juan Belmonte, matador de toros”. 409 páginas. Epílogo de Josefina Carabias. Alianza editorial. Madrid, 2012.

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