Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”

img910

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 24 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/24/solido-y-gaseoso/

Sólido y gaseoso

En ningún otro lugar como en un libro de relatos podemos experimentar los cambios de estado de la materia. La física y la literatura en una curiosa relación. Pasar de lo sólido a lo gaseoso, del calor a la congelación en un corto espacio de tiempo. Y estos cuentos de “Escena de familia con fantasma” de Julia Otxoa son un buen ejemplo.

Empieza muy bien, más que bien con dos microrrelatos excelentes: “Bibliotheke” y “Lámpara suiza”. Las bibliotecas convertidas en charcuterías y un “señor oscuro” -una mezcla de carnicero, cirujano y taxidermista- que “se ocupa de la disección del lenguaje armado de cuchillos, cinta métrica y báscula”. Dos micros de imágenes contundentes, realmente originales en su planteamiento, mensaje y profundidad.

Y en los dos siguientes, de repente, lo que antes era sólido y prometedor se transforma en gaseoso, se hace vapor. Con “El traductor” y “Marcel Sasot campeón de halterofilia” no entiendo qué quiere contar, a dónde quiere llegar ni transmitir con la historia, a no ser que sea ¿el sueño de un hombre-cigarra?. Soy viejo para jugar a las adivinanzas y demasiado joven para apuntarme a cursos municipales de artesanía con miga de pan. Pero con el siguiente micro: “Hilvanados”, recupera de nuevo, con imaginación y lenguaje, el estado sólido perdido. Y así el libro se convierte, cuento tras cuento, en un constante vaivén en el que se van alternando micros o relatos breves excelentes como “Paisaje para frac”“Pintor perfilador”-éste produce el entusiasmo de la maravilla- “Juramento”, “El testamento de Ulises”“Arquitectura contemporánea”,“Primavera” “Café Voltarie” con otros como “La Polar”“El tren peonza” “Fuera de plano” que se cristalizan como la escarcha y se disuelven a temperatura ambiente.

Movimiento pendular que no resulta exacto como el de un metrónomo o el deshojar una margarita sino que se mezcla con estados intermedios de agua templada en las buenas y originales ideas de “Cosmética para cerdos”“Cajitas” o “Colocación de lunas” y  que en otras ocasiones se acaba enfriando de golpe -como en“Las desventuras de Frankenstein” con un final que lo carboniza- o se convierten en reflexiones inofensivas -como en “Metrópolis”– o en divagaciones culturetas -como en “Los dos guerreros” o “Dos viajeros”– o dejan al lector huérfano y sin final tras unos puntos suspensivos como en “La señorita Hanna”“…aquí el lector puede continuar por su cuenta este pequeño relato, desarrollando su imaginación hasta límites increíbles” . Interacciones o ejercicios de empatía (algunos cursis les llaman guiños) que me fastidian porque me parecen los deberes para casa que pone el profesor cansado de un taller de escritura a sus alumnos virtuales.

Pero no quiero que esto – a pesar de ese vaivén- parezca el baile de la yenka. En general los relatos mantienen una temperatura constante gracias a un lenguaje preciso y cuidado, un acuario limpio en el que conviven cincuenta criaturas de diferente tamaño y belleza; y esa es una virtud que hay que reconocerle a Otxoa; pero creo que si por algo destacan estos cincuenta textos es por la crítica social, política y artística de sus argumentos. Cuando acierta (a veces le da por el escorzo, la elipsis y el camuflaje) nada es inocente o simple devaneo. En Otxoa la palabra se convierte en pedrada en el ojo o seta venenosa.

Crítica o denuncia social que está en todos esos que para mí son brillantes ejercicios literarios y que unas veces va desde el realismo individual o de comunidad de vecinos al absurdo municipal o universal, y con la ironía y la imaginación como armas de gran calibre para tratar la decadencia y la transformación, el mercantilismo, la deshumanización, la miseria o la manipulación de esta época y este mundo en el que nos ha tocado vivir.

Crítica política en la que se encuentran los cuentos más ácidos y salvajes, los más grotescos y esperpénticos, las grandes hipérboles producto de la vergüenza y desconfianza en los políticos en esta época (que nos ha tocado vivir) de corrupción en partidos y sindicatos y que nos dejan el mensaje necesario de que no perdamos nuestro sentido crítico y nos convirtamos en mudos corderos o borregos a los que se les ha practicado una leucotomía. Crítica que extiende al nacionalismo (español, vasco y extranjero) y a sus típicas exhibiciones pero que hoy -además de esos estereotipos en los que incide Otxoa- está más por la imposición, la falsificación de la historia, el adoctrinamiento y la mitología.

Crítica del arte que es con la que más he disfrutado –y con la que más me identifico sin duda- en la que mediante el humor y la reproducción denuncia el engaño de ese teatro del absurdo moderno y experimental, perfomance vacía de contenido que pretende que callemos por miedo a quedar como ignorantes y no nos atrevamos a decir que, simplemente, nos parece una tomadura de pelo.

Julia Otxoa. “Escena de familia con fantasma”. 140 páginas. Prólogo de Ángeles Encinar. Menoscuato Ediciones. Palencia, 2013.

Anuncios

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”

img897

Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el lunes 21 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/21/mentira-verdad-y-viceversa/

Mentira, verdad y viceversa.

Cada uno tenemos nuestras preferencias. Según vamos leyendo las vamos adquiriendo, completando como una interminable colección por fascículos. Uno se va haciendo viejo con la compañía de sus predilecciones y sin embargo –igual que para curar el nacionalismo paleto se aconseja viajar- recomiendo leer de todo; no cerrar ninguna puerta; no acomodarse para evitar convertirse en un lector monotemático que escucha siempre el mismo disco. Por poner un ejemplo machista –lo siento pero Benny Hill es el responsable de mi educación sentimental- el que uno sienta debilidad por las rubias no debe impedirle reconocer la belleza de una morena.

Todo este rollo viene a cuento de que Ignacio Ferrando tiene un estilo que no es mi preferido. Me da la sensación de que a él le va la música clásica y lo mío es el pop. Pero como no me gusta lo categórico ni los impermeables trataré de explicarme mejor. Ferrando no es un escritor fácil o de simple entretenimiento. No es de esos escritores para leer en el metro o en una bulliciosa cafetería mientras esperamos a la novia que siempre llega tarde. Ferrando requiere concentración, soledad y silencio pero eso no significa que sea aburrido o enrevesado. Ferrando es un escritor culto, pero no debemos asustarnos, lo suyo no es pedantería sino naturalidad sin avasallar. Es de ese tipo de cuentista ilustrado al estilo de Francisco López Serrano que tanto nos gustó en “Los hábitos del azar”. Ferrando no es escritor de arrebatos líricos, de frases que desgarran como dientes, él es un escritor matemático, exacto y perfecto como una máquina de coser alemana. Un forense suizo en una caseta de la feria de abril. Ferrando –y así lo imagino- es de un carácter opuesto al mío, y eso no me ha impedido disfrutar –y mucho- con sus relatos. El carácter que se refleja en su forma de escribir lo veo más propio de un habitante de un país del norte, de esos en los que el largo y frío invierno obliga a refugiarse en casa por las tardes, y el mío por el contrario es de los que se deprime cuando se nubla y la temperatura baja de los quince grados. Pero es curioso porque mi fascinación por Ferrando proviene precisamente de esos dos caracteres opuestos, de que él es capaz de escribir de una forma de la que yo me considero incapaz. En que él es mucho mejor que yo. En admirar esa forma suya de contar: calmada, reflexiva, lenta y precisa. Alguien con la sangre fría necesaria para planificar y cometer sin un error el crimen –y estoy hablando metafóricamente- perfecto. Todo lo contrario a mí, aficionado al melodrama y que me dejaría llevar por el furor típico del crimen pasional. Por decirlo de otra manera Ferrando es de los que beben despacio, saboreando, descubriendo los matices, y lo mío es una tendencia a la disipación o una inevitable predisposición a buscar en el alcohol la euforia y la analgesia. Ferrando es un bebedor elegante y yo un borracho. Ferrando es la cirugía y yo soy un sacamuelas; lo suyo es la cámara lenta y lo mío la puñalada trapera. Ese contrapunto lo convierte en inalcanzable y en esa lejanía encuentro mi admiración.

Y tal vez esa forma suya de narrar esté en su carácter, pero también –creo- en su formación y profesión de ingeniero. Ferrando, es capaz -en una fusión inaudita para los que somos de la generación de BUP- de romper estereotipos uniendo ciencias y letras cuando lo normal es que los que estudiaban física y matemáticas no tuvieran ningún interés por la literatura. Pero además creo –y lo veo como un mérito y no como deformación profesional- que aplica a la narrativa la metodología típica de su titulación: edifica sus relatos como una construcción basada en el rigor, el equilibrio, el orden y la precisión; y a eso le suma la imaginación. Un método o estilo que, al contrario de lo que pueda parecer lo más lógico, no resulta gélido o maquinal sino exacto y minucioso, un lenguaje preciosista sin afectación y con su dosis justa de lirismo.

Tal vez por ese orden meticuloso al narrar me sorprenden esos finales confusos de dos relatos: “Pelícanos” y “Las profundidades”. Tal vez Ferrando como rebelión, como una forma de negarse a si mismo, para desfigurar esa imagen de chico aplicado y minucioso que nos transmite ha querido dejarse arrastrar por el caos. Finales enmarañados que –para mí- estropean esos dos relatos y producen cierta frustración al hacer desembocar en ese desconcierto un camino que hasta entonces había resultado deslumbrante en su originalidad, planteamiento y desarrollo. Dos trajes de alta costura rematados por un sastre delirante.

De los nueve relatos restantes hay siete excelentes cuentos. Y alguno de esos siete –como “Mathilde y el hombre del tiempo”– que incluyo en mi antología personal y en marcha de los mejores relatos que he leído.

Todos –sin excepción- transcurren cada vez en una época y un escenario diferente: el valor de la literatura como viaje, el cambio de decorados y atmósferas opresivas y fatalistas, capítulos minúsculos de la larga Historia. En todos está ese lenguaje exacto, preciso, matemático y de pasión con hielo picado. Pero esos siete son excelentes porque partiendo de un lugar ficticio lo convierte en real para desde allí transformarlo en pesadilla; el amor que acaba convertido en trampa; el deseo de ser reconocido y su frustración en el peligro de convertirse en delación; la consecución de un objetivo que deviene en inutilidad sin salvación; la idea insólita para salvar a un matrimonio de su tedio que acaba por convertirlos en extraños; el verdadero Philip Marlowe y el tramposo y débil Raymond Chandler. La mentira convertida en verdad y viceversa.

Ignacio Ferrando. “La piel de los extraños”. 235 páginas. Menoscuarto. Palencia 2012. 

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”

img895

Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 5 de octubre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/10/05/inesperado/

Inesperado

Cuando somos seguidores de un grupo o músico y nos enteramos de que ha sacado un nuevo cd acudimos de inmediato a la tienda a comprarlo. Expectantes deseamos que repita el éxito del anterior. Es decir –y es un ejemplo, no una analogía- que si su estilo es funk o discotequero esperamos que sigua en esa línea y no se haya pasado al country o al heavy-metal. Pues con algunos escritores nos sucede algo similar. Esperamos que repitan el estilo que nos gustó tanto y que hizo que nos convirtiéramos en fan suyos sin histeria ni póster en la pared.

Juan Carlos Márquez es uno de mis favoritos, y esperaba que estos relatos de “Llenad la Tierra” fueran lo mismo de “Tangram” (que cronológicamente es posterior, de 2011) y “Norteamérica profunda” (que es anterior, de 2008, pero yo conozco en edición de 2012) dos de esos libros totalmente recomendables y que salvaría de un incendio.

Esperaba que fueran más de lo mismo y resulta que no, que poco o casi nada tienen que ver. Entiendo que un “artista” tiene derecho a cambiar, a no ir vestido siempre igual, a variar de estilo, a teñirse de rubio platino el bigote si le da la gana. Entiendo que quiera probar nuevas fórmulas narrativas y que incluso algunos digan que ese cambio es obligación de todo escritor que quiera “crecer”. Puede que tengan razón pero no quiero ponerme en plan estupendo con eso de la necesidad de asumir otro retos y no repetirse y bla, bla, bla. Me imagino que a Márquez (y haría bien) le importa un carajo todo eso. Él ha escrito los relatos que le ha apetecido y punto.

Y no, no es que el resultado sea del todo malo, un completo fracaso; pero sí –al menos para mí- irregular. Algo que no esperaba. Quizás sea que esas otras veces nos lo puso demasiado fácil, quizás sea porque sabe que somos vagos y acomodaticios y esta vez ha querido ponérnoslo difícil, no darnos todo hecho, que nos esforcemos un poco, mostrarnos las mil y una formas del cuento; pero por más que lo hago (lo de esforzarme) hay ocasiones en las que  no encuentro otra cosa que un chistoso juego de palabras; un diálogo con un final absurdo; un filósofo pedante en la cola de un supermercado o los ejercicios de escuela de un profesor con mucha habilidad y talento y poco tiempo.

Ese Márquez que ya conocía y esperaba (re)encontrar, ese escritor superlativo del que soy fan me lo he encontrado en los cuentos “El corazón de mi padre”, “Restos”, “Belgrado 1976”, “Llegado el momento” “La vida discontinua”, “Subterfugios”, “Papá, mírame” y “Hacer lo necesario”. Relatos en los que está el surrealismo sentimental como método lógico y útil; la ecuación –que sólo él hace posible- entre carcajada y pena, asco y piedad; el realismo sucio, escenario cinematográfico y sin estridencias; la provocación hipnótica; la trastienda oculta de lo cotidiano; la angustia y el tacto viscoso de las pesadillas. En esos me encuentro con un escritor personal, pleno y absoluto que en los demás unas veces ha preferido jugar con el claroscuro, el mensaje entre líneas o la mirada oblicua, proponer un punto de vista diferente, hacer probaturas o ejercicios que lo alejan de su estilo más característico y reconocible y en otras aparece fragmentado, incompleto y parcial en las que ofrece imágenes brillantes y destellos de originalidad pero que no terminan de cuajar.

No, esta vez el resultado no es el de otras veces: asombroso, completo, total; esta vez lo excelente se alterna con lo defectible, pero no por eso es un escritor al que debamos, ni mucho menos, renunciar.

Juan Carlos Márquez. “Llenad la Tierra”. 163 páginas. Menoscuarto. Palencia, 2010.

Ángel Olgoso. “Las frutas de la luna”

img854

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 22 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/22/el-arte-de-la-pesca/

El arte de la pesca

Podría decirse que esto de la literatura es como un inmenso lago al que acuden a pescar los escritores. Y mientras esperan los hay que se dedican a entablar conversación con los vecinos; compartir con ellos experiencias y anhelos, su termo de café y su tartera de croquetas con la mejor de las sonrisas. Con constancia, afinidad y un poco de suerte lo normal es que acaben compartiendo sombrilla, mesa de camping y devociones. Pero para algunos lo realmente importante de todo esto de la pesca es lo que viene después: las reuniones en el bar del embarcadero-lonja del lago; guateque al que muchos llegan invitados por ese vecino que ahora es su amigo y otros de la mano de su padre o amante y en los que se habla de peces y trofeos, gatos y liebres, recetas de cocina y piscifactorías y en las que se pueden hacer nuevas e interesadas amistades o hacerte novia/o de un funcionario, un pescadero, un crupier o un falsificador.

Pero entre esos pescadores que se acercan al lago y sueñan con fiestas, besamanos, padrinos y plantas trepadoras los hay también que pasan del sushi y la comida precocinada, del garrafón y la mercadotecnia. Unos son furtivos que pescan por hambre, de noche y con explosivos; y otros son nómadas o bohemios que van por libre y no han ido a ninguna academia de corte y confección. Consideran la pesca como una aventura, un arte y un placer y no un club o un coto.

Ángel Olgoso pertenece a los solitarios, a los viejos –por expertos- que conocen todas las especies que pueblan este inmenso y profundo lago, que han probado todos los estilos y manejan todos los aparejos de este arte, de los que viven esto como un romance o un desafío y que devuelven al lago los peces pequeños. Hay días que llega, se sienta en la orilla y entretiene la espera leyendo u observando a los demás. Ensimismado y en silencio lo observa todo y parece más atento al paisaje que al agua, al mundo más allá de este lago y sus límites, pequeña porción de tierra de un mundo inmenso. Otros llega y, en lugar de quedarse quieto, camina hasta la desembocadura de un río alejándose de la orilla atestada y su aire de verbena y puticlub, se descalza y remonta el curso del agua a contracorriente y entonces parece más un biólogo, un astrónomo o un arqueólogo que un pescador. Al menos así es como yo lo veo los días que, igual que hoy, me acerco a la orilla esperando a que se haga de noche y la pólvora sacie el hambre.

Lo mejor y –para mí- más destacable de la narrativa de Olgoso es que es capaz de hacernos renunciar a nuestros gustos o predilecciones. Quiero decir que en general cada uno tenemos a la hora de leer nuestras preferencias y -bien por miedo o por comodidad- no solemos salirnos de ellas; yo, por ejemplo, reconozco que las mías van más por la prosa lírica y caníbal, por los relatos urbanos, realistas y contemporáneos que por lo enigmático, lo invisible o la cuarta dimensión. Pero la narrativa de Olgoso tiene -y produce- una innegable fascinación. Y esa atracción –la que sólo consigue la buena literatura- es debida en primer lugar a la precisión y belleza de su prosa: “El calor, a esas horas, no tenía aún su grávida consistencia, no era todavía una eclosión de vidrio o un coágulo candente sino algo tibio y límpido”. Riqueza que en otros abruma o resulta pedante y que en él se vuelve placentera y exacta matemática del lenguaje. Algunos –el lenguaje- lo utilizamos como el atracador usa una navaja; Olgoso lo utiliza con el cuidado, exquisitez y destreza que un florista compone un ramo.

Y el segundo motivo por el que admirarle es su capacidad para cambiar de registro. Sí, ya sé que es un lugar común, pero no lo es cuando resulta totalmente cierto. A Olgoso se le incluye dentro de la literatura fantástica, y aunque es verdad que en su obra hay una querencia por ese género, en “Las frutas de la luna” nos demuestra que él esta más allá de corsés y clasificaciones porque si hay relatos como “La pequeña y arrogante oligarquía de los vivos”, “La torre de Hunan”, “Águila de sangre” o “Las perlas de Indra” que tienen esa característica marca de la casa de fantasía, mitología y exotismo, en otros es capaz de volverse gallego y nueve relatos más tarde recuperar el acento andaluz; de escribir un entremés, un microrrelato, una fábula contemporánea o un bestiario. De viajar a la India o a la China; de escribir un relato con sabor antiguo, otro atemporal y otro que sucedió ayer y se repetirá mañana; capaz del humor, la pesadilla, la locura y la insinuación; de ser pescador inquieto, artista, historiador, hombre de campo y filósofo.

Y sí, claro que tengo mis favoritos: “Contraviaje”, “Designaciones”, “El síndrome de Lugrís”, “Suero”, “Aramundos” y “Dybbuk”, cualquiera de ellos –o todos juntos- puede servir de patrón o ejemplo a seguir para aquellos que quieran aprender a pescar o salir en busca de El Dorado; en todos está la fascinación que produce la maestría de su lenguaje, están sus temas recurrentes, lo que de él esperamos: la Historia, la imaginación, la alucinación, el anverso y reverso de lo visible y real; la denuncia de un mundo imperfecto  y sus carencias de las que los humanos somos productores y consumidores; y está además la sorpresa de un Olgoso totalmente inesperado e íntimo. Pero sin lugar a dudas “Las Montañas de los Gigantes a la caída de la tarde” es mi relato preferido; una maravillosa declaración de principios a cerca de lo que significa el Arte y que por si solo vale por cualquier libro de autoayuda.

La narrativa de Olgoso no es de hamburguesería o picnic, está más cercana –por dar alguna referencia- a la de Francisco López Serrano, Gonzalo Hidalgo Bayal o Juan Gómez Bárcena. Precisión y destreza lingüística, reflexión y filosofía temática, y el gusto por ir a pescar a lugares menos frecuentados.

En esto de la literatura hay tramposos y enchufados; hay starlettes –masculinos y femeninos- que transpiran vanidad y mean colonia; hay muy buenos y esforzados artesanos y en un punto y aparte excelentes escritores. Olgoso es de los excelentes.

Ángel Olgoso. “Las frutas de la luna”. 212 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2013. 

Medardo Fraile. “Laberinto de fortuna”

img845

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 6 de mayo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/05/06/la-novela-de-un-cuentista/

La novela de un “cuentista”

Cuando este libro llegó a mis manos Medardo Fraile aún vivía. Entonces todo mi interés consistía en la curiosidad por leer la única novela que un “cuentista” había escrito; en comprobar qué había detrás de esa estúpida pregunta que a todo escritor de relatos se le hace: ¿y para cuándo una novela? Esa especie de mayoría de edad o consideración de escritor de verdad que los “cuentistas” sólo alcanzan cuando cambian de género y superan la prueba del algodón. Y sin embargo en el caso de Medardo era simple curiosidad porque la escribió en 1982, cuando ya no necesitaba ninguna novela para ser reconocido como escritor. Los relatos le habían bastado para alcanzar el reconocimiento y el prestigio. Nada hubiera cambiado si no la hubiera escrito.

“Laberinto de fortuna” fue publicada por primera vez en Madrid en 1986 con el título de “Autobiografía”, y posteriormente con idéntico título en Venezuela en el 2008. Ahora Menoscuarto la reedita con su título original, y lo hace por esa razón de curiosidad e interés que tiene al ser la única novela de un excelente escritor (de relatos), una reivindicación en vida y un acierto editorial que ahora se ha convertido en un homenaje póstumo.

Pero el hecho de que Medardo Fraile haya fallecido recientemente no la convierte en una lectura oportunista ni a esta reseña en un típico panegírico. Los que me conocen saben que hubiera dicho lo mismo si Medardo viviera. Y leerla merece la pena con independencia de los merecidos homenajes.

De esta novela cuenta Medardo en la “Nota del autor” que la presentó a dos conocidos concursos. En ninguno de los dos resultó premiada. Y con independencia de esas trampas o tan habituales “premios concedidos de antemano” que él denuncia, presiento que la novela de Medardo lo tuvo difícil desde el inicio. Si en esos concursos los miembros del jurado utilizaban el sistema de “las primeras páginas” para juzgarla entiendo que no ganara. El inicio es lento, complicado, barroco, excesivo. Y hay muchos que presumen de que si una novela no les “engancha” en las dos primeras páginas no siguen leyendo. Pero para los que no juzgan por un vistazo rápido, para los que consideran la literatura un camino y no un atajo si siguen leyendo se encontrarán con y disfrutarán de una novela excelente. Complicada de alguna manera sí, pero no por el estilo de Medardo sino por la gran cantidad de personajes que aparecen en la trama. Y esa sobreabundancia no es más que la realidad de una época en la que las familias eran mucho más numerosas que ahora.

“Laberinto de fortuna” es –creo- un ejercicio de memoria autobiográfica, una mezcla de ficción y recuerdos del propio Fraile. Y lo creo así porque la novela es la mirada de un niño en el Madrid de la década de los años veinte, en el mismo lugar, la misma época y la misma edad que tenía Medardo entonces. Y es recreación del recuerdo propio mezclado con ficción porque se trata de la mirada ingenua de un niño de cinco años que todavía no va a la escuela y descubre el mundo. De un niño que convive con su madre enferma y pasa con ella momentos inolvidables cuando no está postrada en la cama, y al cuidado y en compañía de sus numerosos tíos, tías y primos cuando su madre sufre una recaída. Y no sé si la madre de Fraile estuvo enferma, pero sí sé que cuando en la ficción evoca los recuerdos de su pueblo: Bedua, está sin duda hablando de Úbeda, ciudad de esa Andalucía manchega de la que era la madre de Medardo.

Y tampoco sé si Fraile tenía una familia tan numerosa como la que aparece y pasa por este “laberinto”, pero esa familia típica de aquella época en la que lo habitual era que se tuvieran cinco, seis o más hijos es el elemento principal de la novela. Cada personaje, y son muchos, es una historia particular y pintoresca. Y uno a uno, solos o con sus novios, maridos e hijos van apareciendo en escena y haciendo sucesivos mutis; acompañando al sobrino, llevándoselo de paseo, o unos días a su casa, aportando un nuevo episodio que parte del mismo tronco pero que es siempre diferente. Y así, con el nexo común del niño, descubriremos el mundo de la calle y la familia, el exterior y el interior de los adultos, de sus éxitos o sus miserias en una sociedad muy diferente a la de hoy en día. Aprendizaje y descubrimiento en el que también participan los vecinos, los compañeros de trabajo y las amistades. Vida de los adultos por la que sabremos de sus anhelos y secretos; el destino subordinado de la mujer de aquel principio de siglo, la contradicción de un padre cariñoso con su hijo y su mujer que no le impide llevar una doble vida, personaje despreciable al que al mismo tiempo no conseguiremos odiar del todo. Sociedad de ricos y pobres, de señoras que veraneaban en San Sebastián y criadas del mismo pueblo; funcionarios, empleados de oficina y hotel: incipiente y exigua clase media. Teatro del mundo que se abre ante los ojos de un niño, familia que sirve de apoyo y distracción y le protege de la tragedia.

Este “Laberinto de fortuna” es una manera de narrar el recuerdo, de hacer literatura con él; y también es un retrato ecuánime, riguroso, sin odios, rencores ni maniqueísmo de una sociedad y su época. Una amplia “galería de tipos” pueblerinos y de ciudad, con breves, precisas y magníficas descripciones de cada personaje; de los diferentes barrios populares y “pudientes”, sus habitantes y su vida con las puertas abiertas y sillas en el portal o de calles de paso y juegos en el parque. Y en ese sentido es una novela costumbrista que tiene para mí, precisamente en esa parte, un innegable y particular atractivo. Ese Madrid de principios de siglo que Medardo reproduce magistralmente: “Pasaban tranvías y, con arrítmico cascoteo, coches de caballos, y la gente entraba y salía por las callejuelas, cruzaba de una acera a otra; vendedores, busconas, chulos, aristócratas, chiquillos y viejas, damas y bohemios, toreros, sablistas, militares, en un estado de paroxismo y repetición que convertía a todos y cada uno en protagonistas efímeros de alguna escena gesticulante, vacua”. Narración en la que los olores se hacen capitales y líricos: “Olía remotamente a vino, a café frío, a polvos de arroz, a horno repostero, a atalaje sudado, a hambre distraída con ensaimada”; y en la que los que ya somos un poco viejos encontraremos entrañables coincidencias de nuestra infancia: los billetes capicúas del autobús, el practicante que venía a casa, y aquella tortura repleta de aburrimiento a la que nos sometían nuestras madres: “Manuel, cogido de la mano, era un niño a paso de procesión arreglado para hacer visitas”.

Medardo Fraile. “Laberinto de fortuna”. 273 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012.

Mónica Lavín. “Manual para enamorarse”

img844

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 22 de abril de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/04/22/los-acentos-y-sus-fronteras/

Los acentos y sus fronteras

Por el título de este libro podríamos pensar en un regalo por San Valentín o en un libro de autoayuda. Pero estos relatos de la mexicana Mónica Lavín no son nada de eso. Estos relatos tienen diferentes y variados argumentos y de igual manera –para mí- distintos y desiguales resultados.

He leído a otros autores hispanoamericanos de diferentes nacionalidades; y mexicanos que ahora recuerde, a Emiliano Monge, Alberto Chimal y Ana García Bergua. Y en ninguno de ellos he sentido ese desapego, esa extrañeza provocada por el acento propio y localista como en este “Manual para enamorarse”. Me refiero a que Lavín utiliza en varios de sus relatos expresiones típicas de su país. Y algunas podemos entenderlas y superarlas sin que supongan una barrera o una molestia para la lectura, podemos traducirlas de forma inmediata o deducir su significado del propio texto: celular (por teléfono móvil), boleto de estacionamiento, alberca (por piscina), cubas (cubalibres) enfiestados, chaparra, voz tipluda (tiple, aguda) colores chillantes, nalgada (cachete en el culo), trecho polvoso del camino, bajo la sombra de la palapa, el sol caía desvalijado, tráiler (por autocaravana). Pero otros se pierden sin que lleguemos a saber qué significan: chícharos, jagüey, él no usaba truzas, pedir aventón, convivíos, composta, reservorio, “le gustaba ir a Veracruz y no a Acapulco, y allí eran las picadas y el lechero y las brocas”. Algunos verán en esto una especie de colorismo, de enriquecimiento o intercambio, pero yo creo que es un error que incomoda la lectura y no aporta nada porque no me imagino que un lector español vaya, después de leer a Lavín, a llamar truzas a sus ¿calzoncillos? Sería, por poner un ejemplo a la contra, que un lector mexicano leyera relatos de un autor español con locuciones, giros o expresiones en aragonés o andaluz: ixo ray, chino-chano, ozú, qué jartá.

En el relato “El caso estándar” esos vocablos son pocos y no se hacen molestos, o en “Todas las playas son la misma playa” son muchos y no impiden que podamos visualizar entre líneas y nombres propios el mensaje de la historia, pero en “La felicidad” –un relato que ya es difícil de por sí- esas “particularidades” lo hacen aún más ininteligible. Creo que este libro hubiera mejorado mucho si el editor hubiera “traducido” esas expresiones a pie de página o hubiera copiado lo que ha hecho la editorial Traspiés con los “Cuentos de horror” de Horacio Quiroga publicados en su colección Vagamundos en el que incluye al final del relato unas “Notas” con la traducción de esos “localismos”, por ejemplo: “Yacaré: especie de caimán, cocodrilo de América del Sur. Picada: Trocha, sendero abierto en la selva”.

También creo que ese “defecto” hubiera podido subsanarse a priori si el responsable de la edición al leer el manuscrito le hubiese pedido a la autora una selección de relatos exentos de ese acento. Creo que con dos o tres cambios el conjunto hubiera quedado más neutro y menos local, habría mejorado mucho y permitido a Lavín –que es una escritora de éxito en México- entrar en España por la puerta grande del Imaginarium.

Pero no voy a dedicar más tiempo a hablar de ese “defecto” y sí que debo hablar de los aciertos de este “Manual para enamorarse” porque también los tiene. Y aunque algún relato como “El hombre de las gafas oscuras” y “El desayuno” me parezcan malos por ser uno el sueño adolescente y otro el calenturiento de una mujer madura; “Ladies bar” y “La felicidad” regulares por excesivamente crípticos, o desigual el que da título al libro; hay otros realmente buenos como “Iniciales” una historia sobre la pérdida total de la memoria y la conciencia de nosotros mismos que está escrita con ese conveniente acento neutro; acento que se repite en el excelente “El cielo de los pies”, una breve pero intensa variación o recreación de la parte final del diario del capitán Scott. Bueno también me parece “El árbol” relato en el que se cita a Raymond Carver y en el que “parece que no pasaba nada y lo que pasaba era el descobijo, la fragilidad, la soledad”. E igualmente buenos me parecen “El caso estándar” que cuenta cómo un equívoco puede complicarse y convertirse en una historia de terror sin recurrir a hologramas ni efectos especiales de ordenador; “Frotar” con ese “particular acento” dosificado que le aporta sabor y colorido sin llegar a apoderarse del relato y que es una magnífica historia sobre el poderoso y extraño mecanismo del deseo humano y su transformación una vez que se convierte en un sentimiento domesticado o vencido por la costumbre; y finalmente “La desmesura” que está dedicado a Ana García Bergua e inspirado en su “Edificio” y que habla de la ancianidad, la soledad, la incomunicación y las ilusiones sin remite.

“Manual para enamorarse” me parece una aproximación en cierta parte frustrada a la obra de Lavín. Fracaso parcial que posiblemente sea -si hacemos caso a lo que se dice en la solapa- injusto con el éxito y larga trayectoria de la escritora mexicana. Quizás una mejor selección de sus relatos hubiera sido el pasaporte perfecto para cruzar charcos, traspasar provincias, límites y fronteras.

Mónica Lavín. “Manual para enamorarse”. 119 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012. 

Francisco Ferrer Lerín. “Gingival”

Reseña publicada en el “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves, 7 de junio de 2012.

Ferrer Lerín, lenguaje propio.

¿Qué pasaría si no supiéramos quién es Ferrer Lerín; si “Gingival” fuera lo primero  que leyéramos de él? Aunque a algunos les pueda parecer increíble es perfectamente posible, así que deberíamos empezar por conocerle y leer en la solapa que, nacido en Barcelona en 1942, ha cultivado la poesía, el poema en prosa, la novela y el microrrelato. Su primer libro de versos: “De las condiciones humanas” (1964) se anticipó a algunas propuestas de los novísimos, después vinieron los poemarios “La hora oval” (1971) y “Cónsul” (1987) y luego un largo silencio hasta que en el 2005 apareció su novela “Níquel”, a partir de la que ha vivido un resurgimiento de su figura y literatura con cinco publicaciones más. Pero al encontrarme con esa referencia de los “Novísimos” la curiosidad me lleva a averiguar que fue un grupo poético que tomó su nombre de una antología: “Nueve novísimos poetas españoles” que se publicó en 1970 y entre los que están Gimferrer, Vázquez Montalbán, Martínez Sarrión, Félix de Azúa, y Leopoldo María Panero. Su poesía se caracterizaba por una absoluta libertad formal, la escritura automática o collage y la influencia de la cultura popular (los medios de comunicación de masas: la televisión y la radio). Y aunque Ferrer Lerín no estuviera en esa antología ni formara parte del grupo, el propio Gimferrer lo reconoce como “padre fundador de los nueve novísimos poetas españoles”. Y conocer las características de esos “Novísimos”, su estética vanguardista y rompedora, radical, compleja y hermética, resulta fundamental para entender lo que nos vamos a encontrar en parte dentro de este libro. El estilo de Ferrer Lerín.

“Gingival” es una recopilación de entradas de su blog: http://ferrerlerin.blogspot.com/. Y publicar un libro de este tipo supone un reconocimiento personal. Hay miles de dietarios públicos en la red. Si ésta bitácora se lleva al papel es porque es Ferrer Lerín y no mengano el que la escribe. Y aunque estoy seguro de que para muchos Ferrer es un referente generacional y para sus incondicionales un oráculo en su quinta acepción, para mí se trata del aquí y ahora sin deidades ni gregarismo; se trata, simplemente, de leer un libro; descubrir a Ferrer. Y lo que no le voy a negar es su originalidad, su genial excentricidad. Que con cada entrada arqueo las cejas asombrado, perplejo, maravillado y desconcertado. Que lo más llamativo de la narrativa de Ferrer es que pudiendo escribir de manera convencional lo hace siguiendo su libre albedrío, la única ley que admite y obedece. Que manteniéndose fiel a los principios de los novísimos, a su pasado; nos encontramos con un Ferrer en el que es fundamental lo onírico y lo surrealista, pero también lo autobiográfico. Ferrer, cubista y polígamo, mezcla lo real con lo ficticio, la verdad con la mentira; utiliza el presente para imaginar el futuro; dibuja recuerdos, inventa biografías y habla de él en tercera persona; de noticias que ha leído en prensa, en libros viejos, en películas y series de la televisión; de su trabajo, su vida, sus pájaros en la cabeza y sus pies en el suelo. Pero esa fidelidad a los novísimos y a su estilo crea desvaríos, entradas herméticas, absurdas; de esas que sólo el autor conoce y aprecia como un chiste privado. Hay algunas con instantes de gran belleza narrativa, pero mal rematadas; como una hermosa mujer mal peinada. Una selección más estricta hubiera producido un mejor efecto y coherencia. Pero prescindiendo de ellas encontraremos relatos breves y entradas realmente soberbias.  Nos encontraremos con un Ferrer erudito y jocoso, irónico, tierno y extravagante, dueño de una prosa perfecta y matemática, de una imaginación desbordante que hace soltar la risa, la carcajada. Quedarse boquiabierto ante el Ferrer naturalista, el ornitólogo, el observador de buitres, animales y pájaros; el escritor, el soñador constante. A modo de lejano epitafio lo mejor que se puede decir de él es citarle: “Fue feliz. Nunca necesitó expresarse en una lengua que no fuera la suya”.

Francisco Ferrer Lerín. “Gingival”. Epílogo de Fernando Valls. 237 páginas. Menoscuarto Ediciones. Palencia, 2012.

José-Carlos Mainer. “La escritura desatada”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves, 12 de abril de 2012.

Contagio literario

“Cervantes, inventor de la novela moderna, llamó “escritura desatada” a su hallazgo porque permitía hablar de todo, en todos los tonos, y porque el género literario resultante venía a ser una suma de los existentes”. Y es precisamente Cervantes y su obra capital: El Quijote, el autor y la novela más citada por Mainer en este ensayo, con lo que además de enseñarnos (o recordarnos) su valor precursor y dimensión trascendente, deja, de paso, en evidencia a Harold Bloom.

Y es que en cierta manera esta “Escritura desatada” comparte la estructura de las “Novelas y novelistas” del norteamericano, pero la primera edición de este ensayo de Mainer es del año 2000, anterior al de Bloom, y la del aragonés es más universal y menos anglófilo. Aunque Mainer, por su parte, no esté libre de cierto subjetivismo político.

Este libro en palabras del autor en su nota a esta edición es una “Bibliografía, una guía de lecturas de elección muy personal, siempre complementarias de lo que se dice en estas páginas y sin pretensión alguna de exhaustividad”. “Se trata de un ensayo de divulgación dirigido al lector asiduo de novelas y también al estudiante universitario de literatura. Se parece más a una historia literaria de la narración que a una teoría de la novela; y también tiene algo –sin haberlo buscado expresamente- de un elenco de novelas (y también de textos críticos) que me parecen memorables. Es una muestra más del entusiasmo por algo y, en todo caso, es una buena manera de hacerlo contagioso”.

Y eso es básicamente: el estudio de una colección de novelas que pretende contagiar un entusiasmo por la literatura, pero que no se queda en una mera lista de las cien novelas que debe usted leer antes de morir; porque esta “Escritura desatada” es un diccionario de términos literarios: verosimilitud, mímesis, cronotopos, analepsis, digresión, paratexto y exergo. Un repaso a la novela desde sus primeras formaciones invertebradas hasta El Quijote –la primera novela moderna- y todo lo que vino después: realismo, idealismo, naturalismo, neorrealismo, realismos social, sucio o mágico; nouveau roman, expresionismo y lirismo. Siglos condensados, épocas, movimientos y estilos relacionados con una o varias novelas a modo de ejemplo y puerta de embarque. Ensayo repleto de felices hallazgos en el que descubrirme abrumado, virgen e ignorante con autores sin leer, lagunas en mi biblioteca; conocimientos que aplicar para cuando vuelva a desatar la lengua y aporrear el teclado, manual básico para  principiantes, intrusos y pinches de cocina.

No cometeré la insensatez de despreciar las partes más farragosas, teóricas y técnicas en un texto de este tipo. Esa parte que –quizás- destinada al estudioso universitario resulta la menos atractiva para el autodidacta; para alguien como yo que se enfrenta a la literatura como un bandolero, un asaltador de carruajes. Que no es filólogo sino lector. Por eso me quedo con el capítulo de “Las novelas y la vida”. La relación entre escritura y lectura. La literatura y su creación de “mundos posibles en el marco del pacto ficcional que establecen autores y lectores”. “Vivimos para contarlo. Leemos para vivir”. La relación de la novela con la poesía, la filosofía, el teatro, el cine, la música, el psicoanálisis y el diálogo. La literatura y la vida. Más con lo moderno y lo práctico que con lo clásico y lo retórico. Me quedo con la sospecha de que los autores son los más indicados para hablar de la literatura. Que el enfermo conoce y describe mucho mejor su enfermedad y sus síntomas que los médicos. Que en cierta manera el crítico o el estudioso resulta un zoólogo, un cartógrafo y un cronista. Me quedo con la cita y el análisis de algunas novelas concretas y decisivas, “memorables”, indispensables; con los ejemplos, las instrucciones de uso, los decálogos y sus preceptos; la libertad formal y la mirada prestada que abre los ojos. Tarea inmensa, inabarcable, infinita. La literatura no termina nunca. Propagación y contagio. Leer, leer malditos.

José-Carlos Mainer. “La escritura desatada. El mundo de las novelas”. 379 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2012.

Emilio Gavilanes. “El reino de la nada”

Literatura del instante

En esto de la literatura lo mejor es no dejarse llevar por las expectativas. Acudir sin esperar nada, aunque en la invitación te digan que va a ser la fiesta del siglo. Sabes, por experiencia, que unas veces te dan garrafón y otras resulta la lectura de un manifiesto taxidermista. En algunas la música empieza bien y cuando eufórico te acercas a la barra a pedir la segunda de repente el sonido falla y se acopla. Entonces te acuerdas de que la perfección se da en raras ocasiones.

Sería, por poner otro ejemplo, como si una película no nos hubiera gustado, pero que tuviera varios momentos que consiguieran no arruinarla del todo, no expulsarla de forma rotunda de nuestra memoria. Pues eso le pasa a veces a este “El reino de la nada”, que incluso en los relatos en los que se acopla el sonido hay algo, un detalle de originalidad, un apunte, una imagen final, una reflexión, un diálogo y su trasfondo, un párrafo que subrayar, un escenario y su monólogo que consiguen apuntalar el relato y evitar que se derrumbe, se venga abajo por completo. Lugares por los que pasar de puntillas y olvidar rápido para perderse de lleno en los que, en abrumadora mayoría, sí merecen la pena. Tanto, que compensan de esos que me dejaron frío o desconcertado, con el vaso medio lleno.

Y es que los aciertos resultan mucho más poderosos que los extravíos, igual que los glóbulos blancos devoran a los virus. Como en “La tabla del dos” un relato que es un rápido e imparable descenso al infierno humano y su representación en la tierra. “El reino de la nada” un relato repleto de impactantes imágenes en un mundo alterado, dividido en dos bandos contradictorios e intercambiables: dentro y fuera de un manicomio y que comparte con aquella tabla la incredulidad y el horror de tener que contemplar a la enajenación adueñándose, tomando el control de la realidad y transformándola según sus crueles leyes. “La resurrección de los libros” en el que recupera el nombre del pintor Eduardo Vicente y una huella imborrable. “Biografía de un poema” relato de personajes -en el que me encuentro con la feliz coincidencia de “Gente del 98”, de Ricardo Baroja– y en el que se sale a la búsqueda de noticias de Camilo Bargiela y te encuentras con la historia de Alfonso Fierro; una historia de poesía y fiebre, bohemia –otra feliz coincidencia-, amor, magia y tiempo de ida y vuelta. “Aire” que comparte con aquella resurrección el recuerdo de los que quisimos y ya no están. Una presencia grabada en las calles o disuelta en el panorama de un paisaje. Lugares en los que ellos siguen viviendo. Relatos para descubrir crecer algo dentro, mirar con otros ojos, ver algo más de lo que hay a simple vista. Relatos para pensar que el mundo continuará después de nosotros y no podremos hacer nada para evitarlo; tan sólo esperar que alguien no nos olvide. Reino de la nada que tememos más que a ningún otro. Lugar sin vida ni memoria. Relatos para tropezar con el recuerdo, su persistencia y su mutación, materia caprichosa e ingobernable que se transforma desde las viejas páginas de un diario o que pervive en la evocación de aquellos días en los que éramos inmortales y “la eterna juventud duró sólo una tarde”. Cohabitación de la vida y la muerte expresada por Emilio en diferentes formas e instantes. Convivencia de la que a veces tomamos dolorosa conciencia, pero que la mayoría de las ocasiones olvidamos y negamos premeditadamente. Olvido y negación en la que nos descubre que también podemos afirmar su existencia.

Emilio Gavilanes. “El reino de la nada”. 138 páginas. Menoscuarto ediciones. Palencia, 2011.

Blog de WordPress.com.