Daniel Gascón. “Entresuelo”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 26 de febrero de 2014.

http://www.culturamas.es/blog/2014/02/26/un-video-domestico/

Un vídeo doméstico

Todos tenemos una familia. Todos podríamos contar alguna historia de nosotros mismos y nuestros abuelos, padres, hermanos o tíos. La diferencia está en hacer o no atractiva esa historia.

Está claro que todo resultaría más fácil si nuestro abuelo hubiera sido diplomático en la Segunda Guerra Mundial y no dependiente de una ferretería en una capital de provincias. Con una vida apasionante y en una época convulsa es más fácil escribir una novela o hacer el guión de una película entretenida y correcta. Pero cuando nuestro abuelo no fue otra cosa que un tipo corriente con una vida vulgar y anodina como la de cualquiera puedes contar su historia, hacerle protagonista de una novela, pero entonces necesitas algo más; necesitas contarla de manera que la literatura –la forma en que la cuentas- te salve ese guión de la mediocridad y la indiferencia.

Todos podemos utilizar a nuestra familia de inspiración. Podemos servirnos de ella para buscar y encontrar argumentos y personajes. Desde una parte de verdad crear, inventar, transformar la realidad y hacerla materia de una colección de relatos o una novela. No es el caso de “Entresuelo”. Daniel Gascón ha decidido no mentir, contar la verdad sin más. Es una opción válida, pero qué pasa entonces si se opta como ha hecho él por contar los hechos con un realismo radical, descarnado, en crudo, sin imposturas. Pues que si lo que se narra no se cuenta con el contrapeso de una voz que lo haga atractivo, singular o diferente, se convierte en doble vulgaridad. Y esa es la carencia de Gascón. Que falla en la forma.

Y es que Gascón nos ofrece un vídeo doméstico como si él fuera el único que tuviera una cámara y el suyo fuera un documento excepcional cuando hoy en día hay miles –millones- que tienen una cámara digital y hacen vídeos como ese. Si visionamos el nuestro y el de “Entresuelo” no encontraremos ninguna diferencia. Hechos y hechos sin un montaje original y sin ni siquiera el mérito de una seductora voz en off.

Cuando hoy en día hay gente capaz de hacer creativos y originales cortometrajes con un teléfono móvil Gascón nos ofrece un libro que es un anodino retrato familiar con un valor y un interés estrictamente particular. Lo único que Gascón hace es un inventario de recuerdos –en muchas ocasiones copiando a Perec y su manoseado “Me acuerdo”- que seguro que a su madre, a su padre, a sus hermanos, tíos y primos les hace mucha ilusión, pero que a los demás nos produce indiferencia y suspicacia.

Entre las virtudes con las que se nos quiere vender esta “novela” están que refleja “el cambio paulatino de una mentalidad cerrada, rural y religiosa a una visión abierta, urbana y laica”.  O sea algo que ya se ha contado infinidad de veces como por ejemplo lo hizo Pedro Masó en “La familia, bien, gracias” con guión de Rafael Azcona  y en “La gran familia… 30 años después”. Se dice que sus “personajes” son “inolvidables” y en ellos no encuentro ninguno mejor que los de mi propia –y cualquier- familia con sus miserias, dificultades, virtudes y defectos. Se dice que es una “autobiografía indirecta” y que es una “aproximación lateral a las últimas décadas de la historia de España”, es decir que para eso me vale con ver “Cuéntame” y que cualquiera de sus guionistas tiene más mérito que Gascón porque la literatura debe ofrecerle algo al lector que no pueda ver en la televisión.

El que se “hable a la ligera” es una buena descripción. Esta es una “novela” amena, es el típico libro que se deja leer sin requerir un esfuerzo intelectual. Los recuerdos de Gascón le traerán al lector los suyos propios. Con los emotivos recuerdos ajenos recordará a sus abuelos; los veraneos en el pueblo; la infancia; las anécdotas que dejan una sonrisa y las multitudinarias, alegres y ruidosas comidas familiares. Pero esa ligereza es una virtud escasa y esa emoción compartida algo muy básico, un simple acto reflejo. ¿Dónde queda el escritor, su utilidad y su diferencia? ¿Dónde la literatura y el intento de hacer de ella algo inaccesible y fuera de lo común?, ¿dónde su valor, la belleza y dificultad que la hace distinta, inigualable? ¿Para qué queremos un escritor que se convierte en una máquina, un reproductor por escrito de imágenes y sonido y hace de la literatura un archivo que podemos contemplar en una pantalla?

Entiendo que Gascón quiera conservar la memoria de sus abuelos y compartir ese recuerdo con su madre, su padre, su hermana y el resto de su familia. Resulta emotivo pero es seguro que hay cientos –miles- de personas que podrían escribir un libro similar a este “Entresuelo”. Seguro que muchos serían peores, pero es muy probable que alguno fuera mejor y que sin embargo su autor si quiere verlo publicado esté condenado a ese limbo de la autoedición.

Daniel Gascón. “Entresuelo”. 108 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

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Patricio Pron. “La vida interior de las plantas de interior”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el miércoles 3 de abril de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/04/03/virtudes-y-errores/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/04/la-vida-interior-de-las-plantas-de.html

Virtudes y errores

Ser un autor “reconocido” tiene una ventaja evidente: el escritor “famoso” vende más. Su nombre es un privilegio y al mismo tiempo una garantía.

Pero también tiene sus inconvenientes que, precisamente, se derivan de esa condición. Por un lado a un escritor de renombre debemos exigirle más que a otro que es un desconocido. Su prestigio genera una expectativa que no puede verse defraudada; de él esperamos que esté a la altura de su fama. Y por otro lado la exaltación mediática, la hipérbole, los elogios intimidan y predisponen al lector a un juicio favorable; pueden llegar a funcionar como auténticos inhibidores de nuestro propio criterio. Sólo por ser él quien lo ha escrito parece que hay que dar por hecho que es bueno, genial, sobresaliente. Así que si después de leerlo creemos que no es para tanto, que no es tan bueno como dicen, lo normal es que nos callemos por miedo a quedar como unos ignorantes.

Por eso yo creo que con los escritores “famosos” hay que ser más crítico y exigente que con los demás, pero justo; y que al mismo tiempo debemos enfrentarnos a ellos sin juicios preconcebidos. No dar por bueno todo por el simple hecho de que lo haya escrito Patricio Pron, no negarle ninguna de sus virtudes y aciertos, pero tampoco obviar los que consideremos sus errores y defectos.

Y a partir de ahí creo que su principal virtud es la originalidad en la manera de contar. Y aunque sea caer en esa manida expresión de la “voz propia” no encuentro otra más adecuada y precisa para nombrarla. Todos los escritores pretenden que de ellos y su manera de escribir se diga que lo hacen con una voz diferente, personal, distinta; y Pron lo consigue al alejarse de la forma lineal habitual, al escribir los relatos de una manera fragmentada en párrafos. Estilo insólito y poco acostumbrado que produce el primer efecto de descubrir que otro modo de narrar es posible; que se convierte en una marca o sello personal y le hace diferenciarse del resto y con la que podemos, a simple vista, identificar un relato como suyo. Y aunque ese estilo en párrafos –unas veces muy cortos y numerados, y otros más largos- que van desarrollando la trama es lo más característico y mayoritario no es unívoco pues hay en “La vida interior de las plantas de interior” varios relatos sin un punto y aparte con los que nos demuestra que es un escritor capaz de mutar o cambiar de registro. Eso que, como otro manido pero acertado elogio, se llama “versatilidad”.

Pron nos cuenta historias que son hechos extraordinarios dentro de lo corriente. Un suceso aparentemente sencillo, trivial, reconocible, pero que él con ese tono, esa manera personal de narrar hace tremendamente atractivo. Y ese suceso y el cambio que produce lo refleja en detalles nimios pero que siempre resultan determinantes. Y creo que otro acierto que seduce y atrae de este libro es que Pron hace a la literatura y a los escritores protagonistas de algunos de sus mejores relatos. Algo que en otro caso podría parecer mirarse el ombligo, pero que en el suyo resulta unas veces un argumento para hablar de ficción y realidad, teoría y creación; y otras un ejercicio de honestidad, autocrítica, aprendizaje y estímulo.

Pron alterna magníficos relatos con otros medianos o con auténticas excentricidades. Los –para mí- excelentes, son cinco: “Un jodido día perfecto sobre la tierra”, “Diez mil hombres”, “Algo de nosotros quiere ser salvado”, “Algunas palabras sobre el ciclo vital de las ranas” y “El nuevo orden de la última lluvia”, sin duda este último el mejor del libro. Y de estos cinco unas veces el estilo es el de los párrafos breves y numerados, otra el de los párrafos más largos, y otro el de un relato sin un punto y aparte. Y utilizando esa “versatilidad” unas veces acierta y otra fracasa, porque “El cerco” comienza muy bien pero acaba siendo regular al llevar la historia a un callejón sin salida; en “Cincuenta y cuatro veces” hacer que sea Lump -el perro de Pablo Picasso- el que cuente el relato me parece sencillamente una frivolidad; y “En tránsito” me parece irregular porque mezcla las buenas frases con las cursis o absurdas.

Pron tiene calidad, escribe diferente, sí; pero no para dedicarle hipérboles injustificadas porque a veces prefiere antes que escribir bien colarnos el timo de la estampita; en haberse creído de verdad ese papel de salvador o renovador de la literatura que algunos le han adjudicado por el que todo vale.  En el que a otro escritor se le podría acusar y reprochar el haber escrito un relato sin acabar parece que en él debemos considerarlo una genialidad. Y no voy a negar que sea imaginativo y ocurrente, que incluso en esos que considero malos parta de una buena idea o una imagen impactante, pero unas veces parece que se puso a escribirlo y no supo como acabarlo se cansó y lo dejó así, de cualquier manera; y en otro directamente me parece que sobrepasa los límites lógicos de cualquier narración y la convierte en un collage de corta y pega, en una merienda con sándwiches de nocilla. La narrativa gana, y Pron lo sabe, cuando es completa y con acento; y no una boutade de cartón piedra.

Patricio Pron. “La vida interior de las plantas de interior”. 140 páginas. Mondadori. Barcelona, 2013.

Emiliano Monge. “El cielo árido”

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Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el jueves 21 de febrero de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/02/21/originalidad-incomoda/

y en la web “La tormenta en un vaso”

http://latormentaenunvaso.blogspot.com.es/2013/02/el-cielo-arido-emiliano-monge.html

Originalidad incómoda

Al empezar pensé que era una estrategia. Un falso prólogo. Un capítulo preliminar. El narrador se presenta e intercala presente y pretérito, va dejando pequeños anticipos, huellas para que le sigamos el rastro, insinuaciones para llamar nuestra atención. Un hombre se decide a huir de su pasado. Cruzar definitivamente una línea. Dejar atrás un turbio pasado en el que hay violencia, abuso de poder, una mujer muerta y una iglesia quemada. Algo terrible y tenebroso que no se muestra con claridad. “Un hombre puede irse de su vida pero no puede escapar de su sombra”.

Pero no se trata de una estrategia. El estilo de ese primer capítulo es el de toda la novela. Una forma de narrar original y diferente con la que se hace difícil e incómodo seguir la trama pero que es una apuesta personal del autor. “La historia de un hombre que exige ser contada como una biografía discontinua”. Fragmentación, ritmo alterado, analepsis, flashforward y rewind “Un relato que, como todo buen relato, se preocupa y deja testimonio únicamente de sus nudos y no de su tedioso desarrollo”. Una novela que requiere un esfuerzo y que se sostiene en la intriga, en la curiosidad, en la morbosa atracción de la violencia y el horror, el destino forzado, el nacimiento, el odio y la demencia. En el recuerdo selectivo de lo realmente importante y trascendente, la reconstrucción no lineal de la memoria de un hombre. Porque “de una vida importan sólo los instantes deslumbrantes”. En la virtud del inicio inaudito de cada capítulo, encontrar dentro de la novela un diálogo consigo misma; la explicación de su propio mecanismo, el know-how, cómo funciona, cómo entenderla: “Esta historia es desde aquí la disección de los instantes cuyos ecos iluminan una vida como ilumina la penumbra un faro de ojo doble: con sus halos que a pesar de iluminar sólo dos puntos irradian el espacio que los media”. Lo que fue y lo que vendrá se anticipa y muestra en una sola frase demoledora e inquietante, todas las incógnitas se van aclarando una a una, cada hecho, cada pasaje, cada habitación cerrada y oscura se va abriendo, iluminando para que podamos comprender y espantarnos. Un contenido que se desarrolla en un paisaje desolador y cruel y que se apuntala con frases de rotunda belleza: “Los pastizales son de pronto azul turquesa, el cielo es ahora un manto gris y anciano y el pedregal metálico y plomizo es de golpe un hoyo negro y hondo”.

Lenguaje, estilo, y, sobre todo, estructura narrativa que no es la acostumbrada y que tal vez en esa originalidad esté la explicación de su premio. Lo insólito siempre nos conquista y embriaga.  Pero a pesar de los deslumbramientos y la fascinación hay varios factores que –para mí- acaban ahogando la novela. No sólo la originalidad basta. El esfuerzo y la aliteración pasan factura. La repetición acaba liando la narración en su propio ovillo: “Pero hoy, a diferencia de otros días, podría decir: del resto de los días, es decir: pero hoy, por vez primera”, y esa reiteración acaba en molestia, igual que una piedra en un zapato. Y el cambio requiere sacrificio porque es la renuncia a lo acostumbrado, es como pasar del frío de la calle a la asfixiante calefacción de unos grandes almacenes, y esa renuncia –cambiar una literatura por otra- produce un desgaste, un sobreesfuerzo que si no va acompañado de una compensación acaba agotando.

Escribir diferente, con un estilo que se sale de lo habitual no es intrínsecamente bueno ni malo. Unos aciertan, otros fracasan. Y esta novela de Monge nos sorprenderá si es la primera de esa clase a la que nos enfrentamos. Es como la primera película de cine de autor que vemos. Nos marcará para bien o para mal. Pero si es algo por lo que ya hemos pasado antes surgirán las lógicas e inevitables comparaciones. Y ahí es donde otras novelas -como por ejemplo “Un buen chico” de Javier Gutiérrez–  le ganan la partida a “El cielo árido”.

El defecto –para mí- a pesar de las variaciones, de todas las alternativas de la trama es de fábrica, en origen, de nacimiento y desde el principio, cuando Monge eligió contar la historia con ese tono monocorde, repetitivo y enredado. Un tono que por coherencia no desaparece en toda la novela y que acaba produciendo hastío, agotamiento y sopor. Lo que cuenta es interesante, trágico y cruel, pero el sonido es el de un pegajoso y monótono ostinato. Un cansancio que aparece a la mitad del camino y se hace incurable. Es acabar la carrera cuando ya hace tiempo que sabemos que está perdida. Se continúa por inercia, por simple curiosidad, por llegar al final; no por disfrutar del viaje

Una silla puede tener un inusitado planteamiento, una atrevida arquitectura, pero si después de una hora sentado en ella se hace incómoda, su diseño la convertirá en algo original, pero nada más.

Emiliano Monge. “El cielo árido”. 211 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

Javier Cercas. “Las leyes de la frontera”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el lunes 4 de febrero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/95496/el-lado-salvaje

El lado salvaje

Hasta ahora sabía muy poco de los quinquis. Yo era un niño cuando todo aquello y para mí era como si nunca hubieran existido. Pero lo de los quinquis fue algo real. Tan real que tienen su propio artículo en Wikipedia y bastantes videos en Youtube. Rumba Kitsch y estética hortera de los setenta. Supongo que será cierto que en su momento esas canciones y películas tuvieron éxito, pero vistas hoy en día resultan tan patéticas y cutres que producen vergüenza ajena. En comparación con ellas esta novela de Cercas es muchísimo mejor.

Los quinquis fueron durante una década noticia en los periódicos y portada en las revistas; salían en la televisión, se publicaron libros con sus biografías y se hicieron a cerca de ellos más de quince películas; se llegó al delirante extremo de interpretar sus acciones con la retórica del lenguaje político y elevarlos a la condición de “forajido heroico que, para los periodistas y hasta para algunos historiadores, encarna las ansias de libertad y las esperanzas frustradas de los años heroicos del cambio de la dictadura a la democracia en España”; convertirlos en mitos cuando no eran más que violentos delincuentes. Y en ese aspecto uno de los méritos de Cercas es reconstruir y reflejar esa época desde la distancia y no desde la mitomanía. En frío y no en caliente. Poner las cosas en su sitio treinta años después a través de la historia del “Gafitas”, un chaval de dieciséis años y de clase media que un día conoce a “el Zarco” y a “Tere” y se mete en una banda de quinquis por estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Porque el “Gafitas” era un chaval humillado, débil, con miedo, y “el Zarco” era todo lo contrario. Sí, pero, aunque eso fue así, lo que de verdad le empujó a meterse en esa basca fue “para estar cerca de Tere”, “la chica más guapa que había visto en su vida”, la chica con la que tiene su primera experiencia sexual, la chica de la que se enamora cómo sólo se enamora uno cuando es un adolescente.

Y durante la primera parte de la novela acompañaremos al “Gafitas” en aquel “paseo por el lado salvaje” de tres meses de un verano. Una “vida acelerada y exasperada” de robos, drogas, alcohol y adrenalina en una permanente escalada que terminará en un atraco a un banco, un chivatazo y una redada policial de la que él y “Tere” se salvarán. Una primera parte que nos enfrentará a nuestra propia adolescencia, esa época de excesos y desorden “cuando éramos reyes” y nos creíamos inmortales; cuando el sexo era hambre y el amor una obcecación ciega, irracional y absoluta. Y una segunda parte en la que el pasado vuelve veinte años después con el reencuentro del abogado Ignacio Cañas, que fue el “Gafitas”, con los de la basca. “El Zarco” en la cárcel, otros muertos en un accidente de coche, en un tiroteo con la policía, por sobredosis o el sida. Y el reencuentro con “Tere”. Con el primer amor intacto.

Segunda parte en la que se incide en lo público, en el personaje creado, el “mediópata”, la comedia de la televisión y las revistas del hígado, la fama y el famoseo. Y por otro lado en lo privado, en la relación personal del adulto con su pasado, en los remordimientos de conciencia, en lealtades y deudas, en fracasos ajenos y propios, en dudas, caídas, mentiras y reconciliaciones. En un amor yonqui; un amor por encima de todo lo racional; en días felices y rupturas. En un último reencuentro en una escena memorable. En saber y no saber la verdad; en que eso quizás no se lo que importe.

Lo más difícil –aunque no lo parezca- de una novela está en encontrar la forma adecuada para contar la historia. Y Cercas utiliza un método poco corriente para la habitual vanidad del escritor: renunciar a su protagonismo omnisciente y convertirse en testigo sin más participación que la de escuchar a otro. Porque es el “Gafitas” el que cuenta y recuerda aquellos tres meses del verano del 78. Es Ignacio Cañas el que cuenta todo lo que sucedió veinte años después y es el escritor el que –aparentemente- renuncia a su gloria y se queda en un segundo plano.

Otro acierto de Cercas es el estilo narrativo. Convertir la novela en la fingida transcripción de una grabadora; en una declaración voluntaria; un diálogo sin guiones, con punto y seguido; una memoria sincera. Reconstrucción de vidas y hechos en la que se incluye el testimonio del “Gafitas” y de dos personajes más. Uno es el del comisario Cuenca, que resulta absolutamente trascendente en la vida de Cañas; y otro el director de la cárcel de Gerona dónde está preso “el Zarco” y que da una visión sensata y objetiva de aquellos delincuentes.

Una excelente novela que habla de aquellos quinquis que no tenían nada que perder ni nadie que los defendiera y de la buena suerte de los que no eran como ellos. Una excelente novela que trata de la juventud, la crueldad y el miedo; del pasado y su reencuentro. Del amor indestructible y roto cien veces. De la suerte entre un millón de haber cruzado esa frontera y vivir para contarlo.

Javier Cercas. “Las leyes de la frontera”. 382 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

Luis Buñuel. “Mi último suspiro”

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 21 de octubre de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=773933

La memoria de un mito y un hombre.

Para conmemorar el treinta aniversario de su primera edición en 1982 en Francia y España la editorial Mondadori ha tenido el acierto de publicar en su colección Debolsillo “Mi último suspiro”, las memorias de Luis Buñuel.

Leí este libro por primera vez en 1996, y ya entonces me resulto absolutamente fascinante. Y ahora una segunda lectura me confirma esa primera impresión; pero también que los libros cambian con la vida; que no es lo mismo leer un libro con menos de treinta y volverlo a leer con más de cuarenta; que antes subrayabas y te interesaban especialmente unos aspectos y ahora hay otros que te llaman la atención. Que ahora te fijas más en el hombre y sus debilidades que en el mito y su nombre. Más en tratar de comprender que en admirar.

Porque te das cuenta de que los seres humanos, por lo general, son producto de la época que les tocó vivir, y Buñuel no fue una excepción a esa norma. Y es que en éste “último suspiro” estamos leyendo y conociendo la memoria de un hombre que nació con el siglo (1900) y que vivió las décadas más vertiginosas e intensas de la historia moderna en varias ciudades, países y continentes. Toda una vida en la que descubres, etapa tras etapa, la infancia y juventud, la conciencia, la guerra, el fracaso, la madurez, el éxito y la vejez. Su evolución, sus mudanzas, su largo, apasionante y excepcional camino de un lugar a otro a base de fortuna, corrientes artísticas, relaciones, trabajo, constancia y genialidad.

Porque Buñuel, a pesar de –o precisamente por eso- sus escándalos y provocaciones, su compromiso y distanciamiento, su nihilismo y vehemencia, su reflexión y subjetividad, su fidelidad e incoherencia, por todas sus muchas contradicciones, es un personaje que a nadie deja indiferente y merece la pena descubrir. Porque con él conoceremos al burgués provinciano que tuvo la suerte de pasar por la Residencia de Estudiantes para hacerse vanguardista y ultraísta de la generación del 27, al cineasta surrealista y revolucionario de París al que su madre le dio el dinero para hacer su primera película y que pasó sin pena ni gloria por Estados Unidos y que hizo películas alimenticias en México antes de alcanzar el Óscar y la fama y reconocimiento mundial.

Pero además del mito también conoceremos al hombre que hace una lista de lo que le gusta y aborrece; que recuerda a su familia, Calanda y sus tambores; sus gamberradas y bromas de estudiante en Madrid, de Las Hurdes, esa tierra sin pan; de bares, alcohol y tabaco; de su ateísmo; del amor, la muerte y el sexo; de los sueños y ensueños; de la parte subterránea, imaginativa e irreal de la vida; de lo irracional y el poder de la imaginación; todo lo que le contó a su amigo Jean-Claude Carrière durante dieciocho años y se convirtió en este libro que se publico un año antes de su muerte.

Con este “último suspiro” conoceremos el autorretrato personal e imperfecto de una vida. “El retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria”.

Luis Buñuel. “Mi último suspiro”. 327 páginas. Random House Mondadori. Debolsillo. Barcelona, 2012. Traducción de Ana María de la Fuente.

Javier Gutiérrez. “Un buen chico”

Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el miércoles 5 de septiembre de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/88303/musica-y-ruido

Música y ruido

Supongo que si hay que elegir se apuesta por la historia; por el argumento; porque lo que se cuente sea original y resulte seductor, atractivo. Al fin y al cabo ese es el punto de partida y con lo que se quiere atrapar al lector.

Y la forma o manera, el cómo se cuenta, se pone en un segundo plano. El estilo es necesario sí, pero accesorio; casi un adorno estético. Para pasar el examen basta con no arriesgar, ir sobre seguro. Basta con ser correcto; no resultar ni pedante ni aburrido ni confuso. La buena historia compensará el déficit.

Y sin embargo las dos partes son fundamentales. Importa tanto la trama como la forma; importa tanto el qué y el cómo se cuenta para conseguir que una obra narrativa destaque sobre las demás. Y luego hay casos extraordinarios, casos singulares como éste “Un buen chico” de Javier Gutiérrez.

Porque por una parte está la historia. Un punto de partida muy simple: encontrarse, diez años después, con una antigua amiga por la calle. Reencontrarte con tu pasado. Con alguien que formó parte de tu vida. Aquel año de 1997 en el que con ella y tres amigos más formasteis un grupo de rock. Pero ese reencuentro no es inofensivo. Ese reencuentro resucita algo incómodo y todavía presente: “Años tratando de olvidar, negándolo todo. El pasado sigue ahí, sumergido, invisible, oculto pero pesado, anclado en el lecho del mar, cubierto de limo y óxido, hinchado y deforme, pero indeleble como una marca de nacimiento”. Y ahí la historia ya habrá conseguido atraparnos, seducirnos; porque ya sabremos que sucedió algo y querremos saber el qué. “Todo el mundo esconde algo, todos guardamos un pasado, a quién no le pondría nervioso enfrentarse a su pasado. No es lo mismo, Polo, para ti no es lo mismo, nadie guarda en su pasado lo que guardas tú”.

Y sin desvelar la novela puedo asegurar que “Un buen chico” se trata de una típica historia de juventud, “sexo, drogas y rock&roll”. Pero en la que lo atípico y singular está en cómo Javier versiona ese viejo lema; cómo pone el acento en la culpa, la conciencia y el remordimiento; en las cuentas pendientes del pasado; en las mentiras que fabricamos para protegernos, creernos a salvo; en la necesidad de contarlo, confesar para obtener el perdón.

Y si bien la historia -nostálgica, dura y salvaje- supera cualquier expectativa, lo realmente decisivo de “Un buen chico” está en la forma, en su estilo. Y esa forma de contarlo diferente empieza desde la primera página. Diferencia que en un primer momento nos dejará desconcertados, aturdidos, incómodos ante su constante aliteración; la combinación de dos, tres voces narrativas: primera y segunda persona del singular mezclada con la primera del plural; saltos temporales; monólogo interior y conversación. El diésel y la gasolina con plomo en un mismo motor de explosión. Una aerodinámica contraria a la física elemental, a la mecánica narrativa habitual con la que avanzar y vencer la resistencia al viento. Dos tiempos distintos, pasado y presente jugando al pilla-pilla, al escondite, al mentiroso.

Nadie, hasta ahora, me había contado una historia de esa manera. Las conversaciones se mezclan; la información, fragmentada, se obtiene mediante flases; parece que te pierdes, que no vas a ser capaz, que no será posible seguirle; que todo es ruido confuso, guitarras anárquicas, síncopa, batería golpeando sin compás, un murmullo, un zumbido de fondo. Y poco a poco el sonido se va limpiando, deja de acoplarse y alcanza una devastadora, rotunda, brutal claridad. La historia, convertida en una ecuación matemática en la que intervenían varios elementos, despeja la incógnita. Y cuando esa parte se aclara aparece otra enterrada, subyacente, independiente y consecuencia de la anterior. Dos noches distintas que marcan la vida. La primera y la última. Una nueva ecuación. Un encuentro fortuito que se relaciona con el primero y con el presente y el pasado. Una úlcera, algo monstruoso que ha ido creciendo entre frases intercaladas, intuiciones, preguntas incómodas e insinuaciones y que sale a la superficie con el shock, la conmoción que produce la muerte. De nuevo el sonido se convirtió en devastadora verdad.

Parecía ruido confuso y era música. Lo que parecía ruido revuelto, embarullado, se convierte en música precisa, salvaje, brutal. Un novela con el qué y el como.

Javier Gutiérrez. “Un buen chico”. 139 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012.

Félix Romeo. “Noche de los enamorados”

Reseña publicada en  la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves, 15 de marzo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/82170/la-boveda-de-una-tumba

Y en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo, 25 de marzo de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=25/03/2012&Paginas=0096&Descarga=0

La bóveda de una tumba

Resulta imposible leer esta novela sin dejar de pensar que Félix Romeo está muerto. Que esta es su novela póstuma.

Resulta muy difícil hablar de esta “Noche de los enamorados” objetivamente; sin dejarse influenciar por eso; sin que las palabras resulten un homenaje inevitable.

Y sin embargo debo leerla como si Félix estuviera vivo; y lo que yo diga importará nada o muy poco. No era uno de sus amigos. No le conocía, nunca hable con él.

Y lo primero que pienso es que resulta sarcástico, desagradablemente irónico que esta novela trate de una muerte. Que hable de la muerte de otro. Pero también que tiene un comienzo sencillamente demoledor. Un inicio que cumple esa regla básica que dice que el arranque de una novela es fundamental, determinante para continuar leyendo o dejarlo: Es una mujer y está muerta. Está tirada en el suelo del salón-comedor de su domicilio. Boca arriba Presentación, puesta en escena fría, aséptica y espeluznante; sin preámbulos ni elipsis, pero totalmente efectiva sabiendo de nuestra curiosidad macabra, esa fijación magnética  que tienen los cadáveres.

“Noche de los enamorados” es la historia de una obsesión personal. Una historia que se cruzó en el camino de Félix cuando estuvo preso por insumisión en la cárcel de Torrero y uno de sus compañeros de celda le confiesa que estaba allí por haber matado a su mujer estrangulándola con sus propias manos. Palabras nubladas por el tiempo y por el mal olor; palabras que se quedarán larvadas y vivas; huevos de mosca que eclosionarán dieciséis años después del asesinato. Obsesión que se transforma en un regreso al pasado, en una investigación, en la reconstrucción de un crimen escarbando entre gusanos. Moscardas de vuelo lento, preguntas para espantarlas, palabras que dijeron otros, espejo oscuro. Biografía del verdugo y su víctima, búsqueda por hemerotecas, archivos y foros de internet. Llamadas de teléfono, testigos sin nombre, hechos probados, autopsia, declaraciones de vecinos;  riñas, insultos, golpes; ruidos que una noche nadie oye y una mujer muerta, tirada en el suelo, boca arriba..

Otro con toda esa información hubiera escrito una novela convencional. Félix no. Él es radicalmente personal. Porque esta no es una historia de ficción, es la transcripción de una historia de muerte, alcohol y heridas de amor, un asesinato salvaje y real; pero también -como en “Amarillo”– la regurgitación de una crisálida agazapada en el purgatorio del estómago de Félix.

Son sus palabras las que cuentan lo que sabía antes y lo que leyó después, lo que vio y averiguó, todo lo que imaginó del pasado y de aquella noche. Y en esa forma personal de contarlo, en ese cómo anticonvencional están la diferencia y el innegable atractivo de esta novela. Porque Félix ha escrito un guión, el making-off de un exorcismo. Sus palabras al viento son las notas del cuaderno de campo de una narración, el revelado de un negativo, un documental y un diario personal. Son su recuerdo individual de una sombra desterrada; palabras prestadas y palabras propias; palabras que enseñan los dientes y muerden. Palabras nunca dichas, palabras que acusan y señalan, palabras sobre la sospecha y la certeza de la culpa, el olvido, el dolor, la muerte y la mentira de otros. Palabras subrayadas que buscan su significado, la verdad inútil que sirve para uno mismo y para nadie, para construir la bóveda de una tumba.

Félix Romeo. “Noche de los enamorados”. 139 páginas. Mondadori. Barcelona, 2012. Ilustración de portada de Lina Vila.

Alberto Olmos. “Ejército enemigo”.

Reseña publicada en la sección “Literatura” del suplemento dominical del Diario del AltoAragón, el domingo 12 de febrero de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=12/02/2012&Paginas=0088&Descarga=0

Y en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el miércoles, 22 de febrero de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/81269/la-solidaridad-ha-fracasado

La solidaridad ha fracasado

Esta es una novela con un magnífico comienzo. En una página un relato perfecto. Presentación y triunfo: lector atrapado. Y además parte de una situación realmente irresistible: tener acceso al correo electrónico de un amigo muerto. Tener acceso a su intimidad. Pero ya no es sólo la simple curiosidad y el morbo sino la posibilidad de averiguar quién y porqué le asesino, de resolver un crimen. Planteamiento, originalidad, oficio y calidad de buen escritor: lector doblemente atrapado.

Pero justo aquí debo dar marcha atrás y reconocer que llegué hasta esta novela atraído por la polémica que la calificaba como herejía por los hiperlegitimados del pensamiento correcto. Ir a la contra, saborear el escándalo, las afirmaciones y sus argumentos supuestamente sacrílegos era el principal motivo que me impulsó a leerla. Y una vez dentro encontrarme con dos maneras contrapuestas de ver el mundo: la del comprometido que lucha por cambiarlo y la del escéptico que cree que la solidaridad ha fracasado. Y desde ahí la denuncia de que la solidaridad se ha convertido en un negocio: “especuladores con la miseria ajena y lavado de culpa de clase. Una ONG es como una empresa y una causa social como una campaña de marketing y publicidad”; y en una hipocresía: “campañas, simulaciones a medio camino entre el sentimiento de culpa y el sentimiento de distinción. Izquierda millonaria. Fariseísmo, lujo y nepotismo”. Verdad incómoda que enfrenta la reflexión sobre un principio necesario -la solidaridad- y su explotación y apropiación ideológica. La necesidad, para hacerla creíble, de la honradez y la coherencia. ¿Dónde está el escándalo?

Tampoco entiendo la crítica que la ha tachado de obscena. Yo encuentro esa parte de la novela como un ensayo realista muy bien escrito sobre la pornografía y el sexo en internet. “El usuario zapeaba personas, descartaba rostros, barajaba intimidades como cromos de un álbum inmenso: la Especie. Fast food people. Menú degustación de personas. Cibercanibalismo. Éramos objetos audiovisuales humanos de saldo”. Más que otra cosa creo que es un demoledor reflejo -sórdido y humorístico- de la soledad humana.

Si acaso tuviera que ponerle algún pero sería en que quizás resulta forzada la forma en la que el protagonista encuentra al supuesto asesino. Como hacer encajar un rompecabezas a martillazos.

El resto me ha parecido una novela formada por varias partes diferenciadas que se integran en la narración. Por un lado la trama, la investigación del asesinato con su parte de acción, tensión, desenlace y sorpresa. Por otro la reflexión sociológica, las razones para desconfiar y no creer, la respuesta utópica y atrayente de la letra minúscula -ese ejército enemigo-; el aislamiento al que se condena al individualista -al escéptico-, sentirse ni con unos ni con otros, en un limbo, territorio de nadie. El reportaje, la disección por escrito de la sociedad contemporánea y la exposición de sus entrañas: la publicidad y sus mecanismos; inteligencia y manipulación; internet y su significado en nuestras vidas, intimidad y exhibicionismo; y los tópicos, estéticos y de discurso, de cierta ideología. Y por otro la del narrador brillante en las descripciones de un barrio como territorio y herida. Frases contundentes y subrayables. La creación de un personaje contradictorio, sincero, cínico, obsesivo, débil, valiente, cobarde y fiel a su origen. Una novela en la que se tratan el engaño y la culpa. En la que hay reproche ajeno y autocrítica, derrota y conciencia en carne propia.

“Ejército enemigo” no es sólo el gesto provocador del dedo en el ojo y escandalizar al mojigato, es el hematoma y el deleite, el chupetón de la literatura.

Alberto Olmos. “Ejército enemigo”. 279 páginas. Mondadori. Barcelona, 2011.

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