Mariano Veloy. “Después de Rita”

img902

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el lunes 25 de noviembre de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/11/25/prohibido-no-sonar/

Prohibido no soñar

No soy partidario de las etiquetas. Entiendo que pueden ser útiles como referencia para el comprador; pero yo prefiero los adjetivos: excelente, bueno, regular, malo y mejorable; y todos los matices de los grises según mi propio criterio.

Digo esto porque supongo que a “Después de Rita” de Mariano Veloy se la puede incluir en esa etiqueta de “novela moderna”. No creo que, dispuestos a poner etiquetas para situarla en algún lugar del supermercado, se le pueda poner otra. Y no lo digo como algo peyorativo sino para que los lectores, seguidores y consumidores habituales de ese tipo de literatura cuenten y se interesen en ella; que no les gustará a los que leen (y se descargan legal o ilegalmente) best-sellers, novela histórica y/o romántica. Que cada uno lea lo que quiera, que lean de todo, pero como ya saben los que alguna vez se han tropezado conmigo no soy lector habitual de literatura de entretenimiento. Si me dan a elegir prefiero leer antes una “novela moderna” que una de entretiempo. Eso no significa que se deba dar por buena cualquier novela por el simple hecho de ser moderna. Una vez puesta la etiqueta entra en juego el adjetivo. Y se puede ser muy moderna y –según mi criterio- muy mala.

No, no es el caso de esta “Después de Rita”, simplemente lo digo porque al amparo de esa marca algunos designados como jóvenes talentos se han aprovechado para colarnos bodrios infumables queriendo hacernos pasar como literatura las páginas inanes de su diario. Narración mediocre de la nada que, si permanecemos callados, hará que cualquier pijo-progre (con o sin padrino) se crea escritor y siga publicando humo.

No, no es el caso de “Después de Rita”; a esta novela por su estilo narrativo y por su temática se le puede clasificar como moderna o vanguardista, que se sale de lo corriente, pero no creo que Veloy se crea nada (ponga pose de) ni haga relaciones públicas (sobre todo nocturnas) buscando entrar en la pandilla; creo que él ha escrito una novela que no es una simple boutade, un mirarse al ombligo aunque su argumento esté relacionado con una parte del arte: el cine, en el que pululan –al igual que en la literatura- modernos enfermos de narcisismo que se creen genios y no son más que estafadores. Se me puede objetar que es cuestión de gustos –tal vez de ignorancia- pero no le veo el mérito ni el valor a muchas de las obras que aparecen cada año en ARCO ni a las películas de la nouvelle vague. Y precisamente en parte de ese tipo de cine alternativo (que no independiente), delirante, improvisado y pretendidamente genial va esta novela. De la filmación de un corto con un guión que es una chifladura dirigido por uno de esos enfant terrible del séptimo arte que se cree la reencarnación de Orson Wells. Y no, no es una parodia lo que ha escrito Veloy, es la crónica plausible y absolutamente realista de ese (sub)mundo en la que un actor cree haber encontrado su oportunidad protagonizando una parida underground. No, tampoco es esta novela una defensa de esa contracultura, ni su masoquista idealización; es en realidad la triste historia de una vocación, la de un actor en precario que no decide renunciar a su sueño a pesar de los fracasos. Estereotipos de gafapastas cinéfilos y freaks, “Filmofan(s): fan(s) de filmoteca”, chiflados a los que les gustan las películas simbolistas, prototipo, irónicas, absurdas, punk. Y sin embargo curiosamente en sus personajes está lo mejor de la novela. Esos tipos excéntricos a los que Veloy da vida y que algunos de ellos podrían muy bien estar basados en personajes reales: James Cagney (el director) que renuncia a una vida regalada, cómoda y millonaria trabajando en la empresa familiar por el cine. Cheveneux –mi favorito- que renuncia a su negocio y a todo por seguir el amor y conquistarlo con un proyecto absurdo. Rita (la actriz) una mujer oscura, bella, fascinante y con (envidiable) y auténtico talento, fría como una Dietrich muda y que se consume en la llama de un dolor que arrastra desde su infancia. Y Nino (el protagonista) que huye también del dolor causado por una muerte traumática y que a pesar de los fracasos no quiere renunciar a ser actor, lo que más quiere en este mundo. Aunque en Nino también encuentro la parte que menos he comprendido y me parece menos acertada porque no veo –sin negar el trauma de la muerte- una relación causa-efecto en algo que se compartía con silencio e indiferencia.

Aparentemente esta es la historia de una constatación: “los sueños no se cumplen” y esta vida es una pura mierda. Y sin embargo al final “el legado es otro. Prohibido no soñar. Ése es el legado”.

Una novela con una película dentro y viceversa o una historia mitad película mitad novela. O las dos juntas y al mismo tiempo. Y todo contado con ese estilo desinhibido que hace de Veloy un escritor diferente. Esa forma de narrar suya con párrafos llenos de punto y seguido que convierten a las frases en golpes contundentes. Esa forma reiterativa, repleta de aliteraciones que no cansan. Esa forma suya de poesía de la palabra y punch.

Por último y aunque en esta ocasión no me gustan las ilustraciones de Leo Flores quiero mencionar y resaltar el acertado trabajo editorial. Pez de Plata es una de esas editoriales independientes que se esfuerzan por hacer de la literatura algo distinto, que entienden el libro en papel como un objeto con alma con su tacto, color y diseño de portada e interior. Una editorial Indie que quiere llevarle la contraria y dejar en evidencia a esos ingenieros e informáticos vendedores de gadgets con fecha de caducidad y que necesitan luz eléctrica para funcionar y resucitar.

Mariano Veloy. “Después de Rita”. 109 páginas. Ilustraciones de Leo Flores. Editorial Pez de Plata. Oviedo, 2013.

Mariano Veloy. “Königsberg”

Reseña publicada en  la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el jueves, 8 de marzo de 2012.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/81895/imaginacion-absolutista

Imaginación absolutista

Puedo jurar (aunque quede feo) que este libro es el disparate más sorprendente que he leído últimamente. Sí, soy de los que se toma muy en serio la literatura, pero también de los que a veces le gusta irse de copas con los malotes. Porque en algunas ocasiones (como en ésta) resultan mucho más entretenidos que esos tipos que entienden la literatura como tierra sagrada, una cripta en la que ponerse cursis y caer en un éxtasis místico. Si estuviera en una isla desierta y tuviera que elegir me iría con los gamberros. Quizás corrieran peligro mi equilibrio mental y mi hígado, pero seguro que sería mucho más divertido.

Esta novela es como aquellas redacciones de nuestra última infancia. Esos años en los que tenías un pie en cada lado. Uno en el niño que todavía juega a las chapas y otro en el pre-adolescente que empieza a mirar con desasosiego las tetas de las chicas de su clase. Sí, “Königsberg” es como aquellas narraciones repletas de surrealismo inconsciente en las que mezclábamos sin control aventuras y tebeos.

Pero nos hemos hecho mayores y Pez de Plata lo sabe. Sabe que con un libro como este somos adultos con suerte porque nos gusta el papel verjurado de la cubierta, las guardas en azul, el tacto suave de las hojas y las ilustraciones de Marc&Bernat M. Gustà. Sabe que nos gustan esos detalles que hacen de un libro un objeto con alma. Sabe que todavía nos gusta beber, pero que ahora lo hacemos con criterio y paladar. Que nos gusta emborracharnos, pero no nos gusta el garrafón ni los licores insípidos o empalagosos.

Y quiero creer que Mariano Veloy, de niño, escribía surrealistas redacciones que hacían reír a toda la clase. Y que ahora, de adulto, ha urdido una trama coherente entre multitud de disparates. Hacer lo heterogéneo homogéneo mezclando -descarado y subliminal- realidad y desvarío, crítica y carcajada; literatura con música, teatro, historia, teología y cine; latín con inglés y francés; La Regenta con los Beatles, Joyce, el doktor Kellogg, Julio Verne, un cuento de Andersen y un cameo de Psicosis. El testamento de un muerto que es una carta de amor correspondida con el desdén. Un papel legible en el bolsillo de un ahogado. Una reconstrucción verídicamente falsa. Un cardenal padre de hijos bastardos -como aquel Farnesio del siglo XVI- hermanos incestuosos, engaños, extorsiones, venganzas, asesinatos y un secuestro. Folletín, periodismo de investigación, filosofía, delirio andergraun. Insultos entre corchetes, biografías contadas en un vinilo que se escucha en un pick-up, un capitán vestido con un smoking amarillo y una escafandra, un Ford T, un submarino (amarillo, claro) y una bomba de relojería. Una amada promiscua, un intelectual pusilánime, tirillas y frígido histérico y su antagonista canalla, seductor y príapo procaz.

Talento, ingenio, gamberrismo, capacidad y lenguaje; humor de escenografía, situación, carnaval y personajes; recursos, estructuras, posibilidades, diálogos, forma y materia de la literatura; todos explotados, manipulados, ordenados, puestos al servicio del poder absoluto de su imaginación.

Mariano Veloy. “Königsberg”. 157 páginas. Editorial Pez de Plata. Asturias, 2011.

Editorial Pez de Plata

http://www.pezdeplata.com/

Marc&Bernat M. Gustà

http://perrossemihundidos.com/

Diego Medrano. “Dejemos el pesimismo para tiempo mejores”.

Reseña publicada en el Diario del AltoAragón, el domingo, 29 de enero de 2012.

http://www.diariodelaltoaragon.es/pageflip/pdf2zip.aspx?Fecha=29/01/2012&Paginas=0088&Descarga=0

Tras la puerta verde

Aviso, como esos carteles de las puertas, que este ¿ensayo? de ¿crítica literaria? no es un libro para los que busquen orden y lógica. No es un frígido manual de teoría literaria sino un animalario; una alucinación basada en hechos reales; un diccionario sin orden alfabético; un diario de lecturas, venenos y antídotos; una colección de citas y biografías punzantes; resurrección de locos y cuerdos, infierno y purgatorio del arte. Podríamos sustituir la adormidera de muchos de esos manuales por su excéntrica libertad. La vitrina y su hermetismo por el fuego de su lanzallamas. Medrano escribe sin carnet de manipulador de alimentos; sus diálogos son navajazos, peleas de boxeo sin guantes, conversaciones imposibles; información y alucinación, erudición y subversión. Libro que guardaré con más de un párrafo de cada uno de sus treinta textos subrayados; con multitud de banderitas de colores profanando sus páginas, señales, marcas para un necesario camino de vuelta. Libro de referencias, río revuelto, coto de caza y pesca. Galería de anzuelos que obligan a teclear en cada capítulo nombres en Google para descubrir un autor desconocido y un libro intonso. Lista de la compra, artículos de primera necesidad. Martirologio civil de la literatura y sus poseídos, libro gremial, metatexto, juego literario. Libro que produce efectos primarios y secundarios, ansiedad, tentaciones suicidas, tarjeta roja a nuestra esforzada mediocridad. Examen de conciencia para los que alguna vez nos hemos creído ¿escritores? o ¿críticos literarios? Granada de mano, carta bomba, horma para nuestro zapato de enano.

Y es también un exceso, un abuso. Porque echo de menos en Medrano el término medio y su clarividencia. Ese hablar de literatura sin ser uno de sus funcionarios pedantes ni un lector de hipermercado. Ni jeroglífico ni chóped. Ese terreno de nadie del lector autodidacta que busca y quiere saber, pero que no se examina para cátedra ni habla el dialecto, críptico y cerrado, de sus tesis y doctorandos. Trampa del lenguaje abrumador que deja la interrogación y el complejo –como un estigma- de ignorante plebeyo.

Declaro mi inutilidad para llegar a un análisis más profundo. Pero también declaro mi rendición ante la belleza de la poesía sin versos y  narración sin trama de Medrano. Si tuviera que elaborar una teoría diría que su prosa está más cerca del sinsentido hermoso de la poesía; del gesto provocador, del –citándole- desorden revelador de los surrealistas, enumeraciones caóticas, collage verbal, yuxtaposiciones de imágenes, referencias musicales, pictóricas, literarias y cinematográficas en mitad de sus obras; del Art Brut de la colección de Jean Dubuffet. Demente o genio. O ambas cosas al la vez. Locura que resulta necesaria, liberadora, oxigenante, anfetamínica. Porque de vez en cuando se hace necesaria la borrachera, la desinhibición, la desmedida; perder el miedo al ridículo. ¿Cuál es la conclusión? ¿Debe haberla? ¿La necesitamos? Diego Medrano es, en parte, como nos gustaría ser y no nos atrevemos: irreverente, loco, genial, maldito, libre y valiente. Al menos nos queda el consuelo de leerlo.

Diego Medrano. “Dejemos el pesimismo para tiempo mejores”. 201 páginas. Ilustraciones de Miguel G. Díaz. Editorial Pez de Plata. Asturias, 2010. 

Blog de WordPress.com.