Sergi Bellver. “Agua dura”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el sábado 18 de enero de 2014

http://www.entretantomagazine.com/2014/01/18/superando-la-prueba/

Superando la prueba

Hay libros que despiertan cierto morbo. Para qué negarlo. Cuando el autor es alguien conocido que presenta su primer libro hay muchos que se asoman a sus páginas por curiosidad y otros que lo hacen con el deseo de verle tropezar. Y caer. Y luego hacer una buena hoguera con esa leña. Y a veces creo que tienen razón y otras no. Y creo que esta vez va a ser una de esas en las que se van a quedar con las ganas.

Sergi Bellver es alguien conocido sí, pero en su caso estoy hablando de otro tipo de fama. Él no es uno de esos “famosos que salen en la tele” y que una tarde nos lo presentan como “un inquieto artista polifacético”: actor, cantante, presentador, pintor abstracto y colorista, originalísimo diseñador de moda, creador de una colonia con su nombre o lo que es peor: escritor por publicar un libro (novela u otra cosa) que podemos meter en el carrito de la compra junto a las verduras, la fruta de temporada, la carne picada, un aspirador y un pack de calcetines. No, Bellver no es una cara conocida que sirva como reclamo para vender algo o con la que una “gran editorial” pueda hacer caja. Bellver es un nombre muy conocido (y un currante) en este parque temático de la literatura: guionista, editor, librero, periodista cultural y lo que más importa en este caso: profesor de narrativa y crítico literario. Por eso hablo de morbo. Porque una cosa es opinar de lo que escriben los demás y otra escribir y además atreverse a publicar; salir a la plaza del pueblo y exponerse a las bofetadas o a los aplausos. Para que un crítico se decida a dar ese paso hay –creo- tres opciones: Una.- Porque tiene las mejillas de kevlar y unos buenos padrinos y amigos que le cubrirán las espaldas si hace falta. Dos.- Porque está loco o es un insensato o un inocente o un mindundi. (Es decir no eres nadie y por lo tanto no te harán ni caso. Poco importa lo que escribas). Y tres.- Porque se está muy seguro de que lo que se publica es bueno y merece la pena arriesgarse.

Y creo que este último caso es el de Bellver, porque “Agua dura” además de ser su primer libro es una excelente colección de relatos. Y esa suma no es un resultado habitual. Bellver ha conseguido desactivar el morbo -lógico en un caso especial como el suyo- con doce relatos en los que no hay ninguno que enviaría a una misión a Plutón sin retorno o que lanzaría a esa piscina vacía que no tengo. Bellver no va a necesitar recurrir a padrinos o amigos que le defiendan. Yo, que soy un loco inocente, le diría que salga a la plaza solo a recoger los aplausos, aunque tampoco espere que todos lo vean guapo y polifacético.

Que Bellver haya sido capaz de escribir un libro así no me ha sorprendido. Ya había tenido oportunidad de leer dos extraordinarios cuentos suyos incluidos en dos libros colectivos: “El nudo de Koen”, incluido en “Doppelgänger”, publicado por Jekyll&Jill en 2011, y “La manada”, incluido en “Desahuciados. Crónicas de la crisis”, publicado por “Vagamundos. Libros ilustrados” en 2013. Habiendo leído esos dos relatos lo que de verdad me hubiera sorprendido ahora es encontrarme con un libro regular o malo.

Si es por cuestión de gustos hay dos que –para mí- destacan sobre los demás: “Pájaros que llegan a Moscú” e “Islandia”. Dos relatos que siguiendo mi criterio particular los incluyo en esa selección de cuentos que “salvaría de un incendio”, dos opciones para emborracharse con lo superlativo y sus sinónimos. Y si tuviera que citar los que menos me han gustado diría que “La muerte de Edmun Blackadder” y “Deseo de ser Dimitri” porque me parecen opinión o reportaje periodístico disfrazados de literatura. Tampoco termino de ver esa pretendida unidad –o como dice Bellver en su “Carta de agradecimiento”: “espiral simbólica en torno al agua como metáfora oscura”– en todos los relatos. Yo la veo en algunos –sobre todo en “Islandia”-, pero en otros no la encuentro por ningún lado. Aunque no creo que lo necesite, utilizar la ausencia de ese pretendido elemento en común para descalificar el conjunto sería recurrir a un argumento débil o ridículo. Lo que se muestra, oculta o insinúa en todos (ese mensaje latente o argumento subyacente a la acción principal, el “saber mirar más allá del lienzo de las cosas”) es mucho mejor que ponerse a buscar las conexiones entre agua dulce, salada, con gas, helada o con cal cuando de lo que se trata es de si es potable o no.

Precisamente si por algo creo que destacan los relatos de Bellver es por su variedad dentro de dos argumentos que se repiten: las relaciones familiares (especialmente la de los padres y hermanos) y la muerte con sus secuelas o efectos secundarios en el mundo de los vivos: “Propiedad privada”, “El nudo de Koen”, “Los ojos de Sarah”, “En la boca de otro” e “Islandia”. Y otros efectos y situaciones en la “complejidad” de las relaciones personales, humanas: “La manada”; sentimentales: “Pájaros que llegan de Moscú”  o de amistad-rivalidad: “Mala hierba”. Con sitio para la imaginación y la sorpresa: “Banana Dream” y el original planteamiento: “Señales de vida”.

Hubiera preferido no tener que recurrir al tópico y no hablar de la versatilidad; pero es sabido que esa es una condición que se les pide a los escritores de relatos, y Bellver la cumple. Y esa capacidad no quiere decir que el escritor tenga que ser un atleta de heptatlón sino que sea capaz de narrar con diferentes estilos o tonos. Creo que esa es la mejor virtud de sus cuentos porque si quieres terror irracional e imágenes impactantes tienes “Propiedad privada”; si quieres una historia de fantasmas de serie A y un singular caligrama tienes “El nudo de Koen”; si quieres escenografía y ambientación asfixiante tienes el primero y si la quieres húmeda, pegajosa, terrible y con cicatriz imposible de cerrar tienes “Los ojos de Sarah”; si quieres un tono canalla, directo, sincero, macarra, violento y romántico sin almíbar tienes “Pájaros que llegan de Moscú”; si quieres algo salvaje, brutal, violento, metafórico e irónico tienes “En la boca de otro”; si quieres situaciones absurdamente posibles y personajes excéntricos y reales, antagónicos y complementarios tienes “Mala hierba”;  y si quieres lirismo y un relato conmovedor, profundo y absolutamente redondo tienes “Islandia”.

Sergi Bellver. “Agua dura”. 121 páginas. Ediciones del Viento. La Coruña, 2013.

V.V.A.A. “Desahuciados. Crónicas de la crisis”

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Reseña publicada en EntreTanto Magazine,  el jueves 12 de septiembre de 2013.

http://www.entretantomagazine.com/2013/09/12/literatura-y-compromiso/

Literatura y compromiso

“Desahuciados. Crónicas de la crisis” es una colección de cincuenta y cuatro microrelatos acompañados de cuarenta y tres ilustraciones editado por Traspiés en su colección Vagamundos Libros Ilustrados en los que se ha pretendido ofrecer “una visión caleidoscópica sobre los diferentes aspectos de la crisis”. Y en el texto de la contraportada –para dejarlo bien claro antes de abrir el libro- se dice: “Estas crónicas de la crisis son una invitación a adentrarse en una narrativa que ilumina y emociona a la vez que reconoce la urgente necesidad de tomar partido, de pasar a la acción”. Propósito en el que se incide en el Prólogo en el que se puede leer: “La literatura, y el arte en general, despierta así del letargo apolítico generalizado que tanto daño ha hecho a nuestra sociedad. Hay una necesidad evidente de compromiso”.

No creo que “el arte en general” –la ceremonia de entrega de los premios “Goya” lo desmiente- padezca de un “letargo apolítico”; en España cada uno es libre en el momento en el que lo crea oportuno de manifestar su opinión –y retratarse y quedar en evidencia- por escrito o de palabra. Respeto que haya quien crea que este tipo de literatura sea necesaria; yo sin embargo no veo la necesidad de que la literatura tenga que convertirse -precisamente ahora- en el oportuno despertador de una sociedad aletargada o indolente. La literatura que denuncia las diferentes formas de la injusticia ha existido siempre y seguirá existiendo; no necesito que nadie me diga en qué momento mi conciencia y yo tenemos que levantarnos ni cuándo debemos emborracharnos o a qué hora irnos a la cama; que cada uno escriba y compre lo que quiera.

Respeto que haya narradores dispuestos a “tomar partido”, apuntarse y comprometerse, la situación sin duda lo merece; pero conmigo que no cuenten para unirme al discurso de esos “movimientos” y “plataformas” –como en el caso de los desahucios y las preferentes- porque hacerlo sería convertirme en cómplice de los que acosan y culpabilizan solamente a unos en un despreciable ejercicio de maniqueísmo.

Respeto que haya lectores deseosos de consumir este tipo de literatura partidista, ideológica; pero conmigo que no cuenten, lo mío es un radical individualismo. Yo no soy de los que firma manifiestos ni acude a manifestaciones en las que me diluya en la masa y alguien con un megáfono hable por mí. Entiendo que haya “artistas” que busquen la complicidad del compañero, pero yo no vine aquí a hacer amigos, yo reclamo –sin considerarme “artista”- la independencia del “arte” como única posición decente. “Pasar a la acción” es, para mí, escribir y opinar siguiendo mi propio criterio. Mi único compromiso está sólo con lo que considero buena literatura, con la soledad del que escribe sin apuntarse a ningún escrache colectivo ni a corear consignas.

Respeto que cada uno tenga sus preferencias y odios ideológicos y que libremente aparezcan en lo que escribe, pero creo que la narrativa para ser buena literatura debe permanecer en un saludable distanciamiento y ecuanimidad de la política, porque cuando las palabras se dejan llevar por la ideología se convierten en un panfleto que aplaudirán a rabiar los convencidos con independencia de que sea buena o mala literatura. La calidad pasa a ser algo accesorio, lo que realmente importa es el mensaje; y eso es lo que pasa en la mayoría de estos microrelatos, que de los cincuenta y cuatro tan sólo dos: “La manada” de Sergi Bellver y “La derrota” de Ángel Olgoso pueden considerarse excepcionales desde un punto de vista literario; y otros once: “Tesoro” de Juan Vico; “Crac” de Ricardo Álamo; “La esquina” de Ernesto Ortega Garrido; “El portal invisible” de Ginés S. Cutillas; “A la sombra” de Ada Valero; “Hiperrealismo” de Manu Espada; “Un gran tipo” de Antonio Trujillo; “Seguir caminando” de Jesús Beato; “El pájaro de fuego” de Segio C. Fanjul; “Tiempo” de José Cano y “Las formas del camaleón” de Álex Chico; se salvan de la restante mediocridad.

Y esos once se salvan de esa desoladora mediocridad del resto porque aún no siendo todos iguales de buenos –los hay redondos y completos y otros no tanto- en cada uno encuentro sutileza, enfoque, originalidad, humor, lirismo o habilidad. Se salvan por no ser lo que son los otros: narraciones simples, ridículas, huecas, patéticas o fuera de contexto.

Y además se salvan porque teniendo como argumento esta devastadora crisis en la que nos hayamos no caen, como hacen otros, en la demagogia llevada al exceso y al absurdo, no convierten a la narrativa en un mensaje más propio de un mitin político que de la literatura.

Por último y por las mismas razones –para mí- de calidad artística alejada del pasquín y la pancarta me gustaría destacar las ilustraciones de Claudio Sánchez Viveros, Santiago Girón, José Carlos Sánchez, Gatoto, Nerea Carpente Tielas, María Jesús Campos, Antonio Ubero, FH Navarro, Francisco Fraga, Joaquín Peña-Toro, Ada García Fernández y Norberto Luis Romero.

Definitivamente “el arte en general”, la narrativa obtienen mejores resultados cuando el “artista”, el escritor desde sus ideas no es sumiso y servil, demagogo o fanático perdiendo su objetividad y un siempre necesario y desapasionado distanciamiento; pero sobre todo cuando para denunciar una situación injusta no se olvida de que con quien debe comprometerse siempre es con el “arte” o la literatura y no con la política.

“Desahuciados. Crónicas de la crisis”. VVAA. 110 páginas. Vagamundos libros ilustrados. Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

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