Henri Béraud. “El martirio del obeso”

img853

Nunca se ría de los gordos

Recuerdo que para mi abuela materna la gordura –estar robusto, lo llamaba ella- era síntoma inequívoco de persona sana y fuerte, y que la delgadez lo era de estar enfermo o de pasar miseria. Ese pensamiento se refleja muy bien en esta novela: “¡Permítame que le explique que la corpulencia de los caballeros estaba en boga en los aledaños de la Exposición de 1900! Del mismo modo que a las mujeres les avergonzaría estar planas, los hombres se esforzaban por no parecer alfeñiques. Los esmirriados de entonces se esforzaban tanto por hincharse como los gordinflones de hoy en día se esfuerzan por entrar en los estrechos trajes de un solo botón. Ya ve, señora, le hablo de una época en la que todo el mundo estaba gordo excepto los poetas y los ahorcados”. Está claro que esa manera de contemplar la gordura como algo sano cambió, y que a partir de entonces los gordos comenzaron a sufrir su martirio. Y ese suplicio es del que –evidentemente- trata esta novela publicada por primera vez en 1922 y que cerca de un siglo después tiene la gran virtud de no haber envejecido ni en lo literario ni en la temática.

Pero en este caso concreto ese “martirio del obeso” es doble o derivado uno de otro. Por un lado el martirio propio de los gordos y sus esfuerzos por dejar de serlo y por otro las burlas que sufren los “ventrudos” y el fracaso al que los condena su aspecto en la conquista amorosa, es decir para ligar o conquistar mujeres.

Y en el primer aspecto es en donde la novela alcanza sus momentos más hilarantes: en los intentos de adelgazar a base de “dietas, fármacos, baños turcos y gimnasia sueca”; y también en la descripción del “Club de los Cien Kilos”, una especie de sociedad gastronómica en la que el lema era algo parecido al “antes reventar que sobre”: “En el trabajo se hace lo que se puede, pero en la mesa ¡hay que hacer un esfuerzo!” Dos asuntos que el narrador cuenta con humor –en cierta manera riéndose de sí mismo- pero que si nos paramos a pensar en el fondo no tienen nada de gracioso cuando los diferentes esfuerzos por bajar de peso no dan resultado y ese Club es una reunión de “tragaldabas anónimos” que se consuelan unos a otros juntándose y reafirmando su diferencia respecto a los “normales”.

Para mí sin duda alguna el mayor atractivo de esta novela está en el personaje que la cuenta. Un hombre –del que nunca se dice el nombre- que se enfrenta a su condición de gordo con dos caras, una inicial que resulta frívola, irónica, culta y humorística: “La ropa moderna, ¡ese es nuestro enemigo! ¡Vivan el peplo y la toga! Aspiro al regreso de las modas antiguas, excepto en lo que concierne a los automóviles y a los cócteles.”; y otra en la que tras esa fachada de hombre cínico y bien humorado se descubre primero la queja por la constante burla a la que se ven sometidos los gordos en general: “Un jorobado da miedo; un tripudo da risa, es así. Y nada podrá cambiarlo”; y en particular por lo que a él respecta descubriendo su debilidad y amargura cuando se sincera; cuando reconoce que por su gordura se ha visto siempre condenado a ser un simple confidente de las mujeres; lo que hoy llamamos un pagafantas. Las confidencias de ese personaje, la conversación amena, su gracia e ingenio, su brillante facilidad de palabra lo hacen fascinante; pero todo ese encanto resulta inútil contra su físico.

Y en el martirio de este obeso sin nombre nos encontramos con la historia de su enamoramiento de una mujer a la que acompaña –por petición de ella- en la huida de su marido infiel. Huida que tiene mucho de novela galante o de alta sociedad –me recordó en cierta manera a Jardiel Poncela- en un periplo por hoteles de lujo y ciudades de medio mundo –“experiencia a lo Phileas Fogg en la que me ha arrastrado desde hace veinticinco semanas”– en un juego de seducción y glamour para ricos o rentistas ociosos.

Ese lento y desesperante juego de seducción hoy en día nos resulta inconcebible; nadie aguantaría lo que aguanta el protagonista de esta historia: seis meses de flirteo y abstinencia por el que a él se le puede calificar de pardillo y a ella –por no decir otra cosa-de calientabraguetas. Pero debemos tener en cuenta que las reglas del juego de seducción y consumación del que trata esta novela son las de un “sentido y sensibilidad” de principios de siglo XX en el que todo iba mucho –muchísimo- más lento que ahora, el abanico tenía su propio lenguaje y los amantes se trataban de usted. Usos y costumbres de una época que no evitan que, por su complejo, nos compadezcamos del protagonista y que al mismo tiempo nos exaspere comportándose como un paciente y perfecto caballero y un idiota enamorado; y que lleguemos a odiar a la mujer porque consideremos que lo utiliza, le vacila elegantemente y, sobre todo, por su torpe y cruel manera de usar las palabras para terminar con esta historia.

Para mi lo mejor de esta novela es la carcajada que termina por mostrarnos el dolor que subyace detrás del ingenio. La fascinación por un personaje que pasa de lo aparentemente frívolo a lo realmente sincero: “Pues sí, sufro, tiene razón, mi aire vanidoso no ha logrado engañarle. Lo que le estoy revelando es el destino de mis semejantes, de todos los rechonchetes a quienes atormenta la certeza de la más cruel desgracia, esto es… como puede imaginar, la indiferencia de las mujeres”. Lo que supone para un hombre el amor: “No existe una edad para amar. Lo que sí existe, y se pasa, es la edad de ser amado. Y mala suerte para el hombre rancio que no ha tenido, como Ulises, un hermoso viaje”. La herida que ocasiona el saber que un hombre así no tiene a su alcance obtener esa porción de plenitud y felicidad: “La verdad que nadie se atreve a confesar es que una vez que se esfuman las ilusiones nos pasamos la vida echando vaho sobre el espejo de la decepción. Pero el vaho siempre acaba evaporándose. Entonces nos vemos reflejados en su triste fealdad, que cada día se acusa más cruelmente y, mientras murmuramos: “No vale la pena que piense en todo eso”, una voz interior nos dice. “Pero si no haces más que pensar en ello, imbécil”.

No, nunca se ría de los gordos.

Henri Béraud. “El martirio del obeso”. 138 páginas. Traducción de Verónica Fernández Camarero. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

Anuncios

Julio de la Rosa. “Peaje”

img840

Reseña publicada en la revista “Culturamas”, el martes 12 de marzo de 2013

http://www.culturamas.es/blog/2013/03/12/bipolar/

Bipolar

Julio de la Rosa es músico de éxito. Y además ha publicado dos libros de relatos y un poemario. Ritmo, metáforas y lirismo. Y todo ese equipaje se nota desde el primer párrafo: “Todos acuden al mismo panal, la misma ciudad, la misma muerte. Soy una cerradura. Su dinero, una llave”.

Jose Tudela, el protagonista de esta novela, trabaja en la cabina de peaje de una autopista. Un trabajo monótono y tedioso. “Me aburro. Ocho horas en este lugar no es vida. Pero, ¿qué es vida?”. Y para combatir ese tedio utiliza la imaginación. Observa a los que paran un instante ante sus ojos e imagina sus vidas. Y ese planteamiento hace que el lector sienta una empatía automática porque todos hemos pegado la oreja en las conversaciones ajenas; todos (o muchos) hemos mirado a los que viajan en nuestro vagón del metro y nos hemos montado una película. Pero Julio nos gana de largo a todos. Porque en ese juego de observación, en ese pasatiempo viajero lo normal es que no seamos capaces más que de un par de deducciones triviales;  que limitados por una imaginación atrofiada y de vuelo corto no lleguemos muy lejos. Y en eso Julio no tiene límites. “Yo quiero ser espectador, joder. Sois todos un espectáculo. Vale, sí, yo también seré un espectáculo a ojos de los demás. Pues ríanse”.

Y a esa imaginación le suma un nuevo recurso. “Estoy perdiendo curiosidad. Sin curiosidad estamos muertos. Léete aunque sea el periódico, imbécil. A ver. Internacional: mentiras. Nacional: espectáculo. Opinión: demagogia. Cultura: demagogia, espectáculo y mentiras. Sociedad: sin interés. Deportes: aburrido. Obituarios”. Y ahí está. “Obituarios”. Porque Julio es capaz de inventar la vida de los que pasan y también la biografía de los muertos. Y así, entre viajeros y recortes de periódico, Jose Tudela va pasando los días y esquivando el aburrimiento.

La trama se mantiene con esas dos materias primas y se presenta con una estructura en la que se alternan el monólogo interior y los diálogos. Estructura que en algunos casos produce cierta confusión al saltar de uno a otro. Algo que en una película se salva con la entrada en escena de una voz o un nuevo personaje pero que en la narrativa sólo puede hacerse con un punto y aparte. Salto que provoca un instante de desconcierto porque el lector –con una sola voz- sigue el hilo de la reflexión que llevaba hasta el momento, sigue en el mismo plano y tarda un poco en entender que ha cambiado. El sonido es más rápido que la vista. Pero esa confusión es mera anécdota. Julio crea unos personajes memorables que pasan por el “Peaje” o que –como “El señor Adiós”– están fuera. La cabina es un observatorio y cada nuevo cliente es un nuevo relato: “Qué carrusel. Qué circo de almas en pena. Todos con sus traumas escondidos en los maleteros. Las frustraciones bajo las alfombrillas de los pies. Los recuerdos borrados a golpe de parabrisas, para poder ver lo que tienen delante”. Y a través del monólogo interior hace hablar con sinceridad y libertad al protagonista. De lo que ve en los demás y de sí mismo: “Aunque seguramente ella me respondería algo tipo: Cómprate un espejo. Como me dijo Ana: debajo de mi casa venden unos espejos chulísimos, pásate a verlos. Y luego si quieres me llamas y me cuentas qué has visto”. La cabina como espacio cerrado, la soledad y la inactividad que propician la autoevaluación, arrancarse las costras de las heridas. Y de esa manera “Peaje” resulta un doble ejercicio: por un lado lo que los demás imaginan de nosotros por lo que les enseñamos y por otro un desolador examen personal. Dualidad que es lo mejor de la novela.

Pero esa sucesión de días repetidos e iguales salvados por la imaginación y la lectura de obituarios no puede prolongarse indefinidamente. Se trata de ficción y no de un diario. La novela necesita llegar a algún sitio, y, para darle un sentido, Julio introduce el amor: “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”. Y aunque se pueda aceptar que todo sea posible: enamorarse de una mujer que pasa por el peaje, liarse con una compañera de trabajo y que el protagonista se haga perfectamente humano cayendo en la tentación y cometiendo un error, para mi gusto la situación deriva en un guión nada creíble y excesivo, en personajes que se transforman y convierten en las demenciales caricaturas de un sueño calenturiento.

Hasta ese momento Julio mantenía un tono ligero, descarado, coloquial y sincero con destellos de frases y reflexiones brillantes. Mantenía un equilibrio entre imaginación y realismo. Intimismo trascendente y vertiginosa música pop. Superficialidad y lírica Incluso cuando introduce el amor en la novela nos demuestra lo idiotas que podemos llegar a ser los hombres, la estúpida lógica del deseo que nos hace perseguir la belleza superficial y despreciar lo que tenemos, el precio que pagaremos si sale mal y el sueño resulta un fraude. Pero llegado ese penúltimo momento decisivo creo que Julio hace de la novela algo frívolo, un desvarío, un delirio adolescente. Y no hacía falta que lo dramático hubiera cambiado el tono o el ritmo de tragicomedia que tenía hasta entonces. Hubiera bastado un poco de madurez para no dejarse llevar por el histrionismo.

Julio de la Rosa. “Peaje”. 150 páginas. Tropo Editores. Zaragoza, 2013. 

Carlos Castán. “Polvo en el neón”

img834

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 31 de enero de 2013.

Carretera y manta

Lo he comprobado, en algunos envases lo sigue poniendo: Agitar antes de usar. Pues con este libro sucede algo parecido: Mirar antes de leer. Los de Tropo son dos tipos con testosterona por publicar un libro así. Cuarenta y tres fotografías en color a toda página, algunas dobles; papel cartulina; letras en negrita; sobrecubierta con imagen de cinemascope en el reverso. Me río del diseño afterpop y las guías de viaje. Este es un libro espectáculo, una road-movie convertida en literatura con banda sonora de rock&roll y “la luz de los carteles de neón del exterior llegando hasta las sábanas”.

Pero seamos honestos, semejante salto al vacío editorial no se hace sin red, y ese seguro de accidentes es Carlos Castán. Tropo no habría hecho este libro para publicar a Juan Nadie. Y no es un reproche, no al menos en mi caso; los que me conocen saben que en esa balda donde guardo los libros que salvaría de un incendio están todos los de Carlos. Pero en “Polvo en el neón” la sorpresa resulta mayúscula y muy de agradecer. Me da igual si está o no basada en hechos reales; me gusta creer la ficción de que alguien de mi pueblo haya recorrido parte de la Ruta 66, que diga que “se trataba de llegar a Flagstaff atravesando de Este a Oeste los estados de Missouri, Oklahoma, Nuevo México y Arizona”; que escriba una historia ambientada en la Norteamérica más mítica en lugar de salir en aragoneses por el mundo.

Y es probable que Castán se haya inspirado en alguno o varios autores americanos, que haya algo de imitación u homenaje; pero no creo que eso importe mucho ni que se merezca que nos pongamos a hacer comparaciones. Lo que importa es el cómo.

Y lo que Castán cuenta en esta novela corta es una historia universal que se repetirá mañana. Una historia que parte con la ventaja de un exotismo que se ve reforzado por las fotografías de Dominique Leyva: moteles de carretera, luces de neón y carteles en inglés que nos atraerán como polillas a la luz. Lugares que nos parecerán mágicos porque son distintos a nuestros bares de autovía europea, franquicias con su asepsia de autoservicio y decoración de hamburguesería donde paran los veraneantes y los autocares del Imserso. Nos llamará la atención porque somos unos paletos que han visto muchas películas; pero después, cuando nuestros ojos se hayan acostumbrado a ese paisaje, cuando hayamos dejado de ser turistas, el escenario será un simple decorado. Y cuando cambiemos la configuración del canal y pongamos la película doblada al español Castán entrará en escena con todo el poder de su tristeza, la dolorosa y rotunda belleza de sus metáforas.

Otros son escritores a medio o largo plazo, a Castán le bastan un par de páginas, un párrafo: “Se quedó pensando en cómo puede la luz irse de alguien, cómo de la noche a la mañana resbala de un ser toda esa belleza que tanto dolía, qué solo se queda un esqueleto a veces.” Otros necesitan envolvernos, atraparnos en una red de cuatrocientas páginas, a Castán le vale con un viaje en coche de tres días para fabricar un purgatorio. Él se llama Quinn y ella Sally y su matrimonio en ruinas se ha desmoronado. La inesperada muerte y herencia de la tía Hanna le obligan a recorrer más de mil millas. Él tiene un amante y se pelean en un motel mientras “afuera se escuchaba, de vez en cuando, el estruendo de los trailers sobre el asfalto mojado”.Poesía desoladora de los lugares de paso. El recuerdo y el pensamiento se hacen más nítidos y sinceros en soledad, aislado y en movimiento. Reconocer lo que es ya irrecuperable, ha corrompido el óxido del tiempo. Decir en voz alta lo que no se quiere. Mirarte en el espejo de tu hermano derrotado. Y en el punto final, el regreso, es un nuevo destino.

A Castán los paletos que soñamos con ir a Las Vegas le agradecemos –no sin cierta y cochina envidia- el viaje por la Ruta 66. Pero lo que de verdad le agradecemos es que siga siendo él y su especial manera de poner unas palabras junto a otras para contar lo universal con su personal acento literario.

Carlos Castán. “Polvo en el neón”. Fotos de Dominique Leyva. 95 páginas. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

Sergio del Molino. “No habrá más enemigo”

Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves, 19 de abril de 2012.

Tres

Si me dejara llevar por la euforia esta reseña no dejaría de ser una merecida alabanza. La misma que produce el alcohol y el subidón de alguna droga que no he probado. Literatura de frases ganadoras, párrafos subrayados para releer con placer a pellizcos y picotear entre horas. Disfrutar del Sergio gamberro, provocador y platónico; del Sergio genial, imaginativo, original, reflexivo y sentimental; del Sergio literato (odio la palabra letraherido), bobdylano, cinéfilo, viajero, reportero y noctámbulo; macarra de billar de barrio y pinacoteca, hotel de cinco estrellas y tasca grasienta. Polemista, narrador excelente y epatante.

Pero si debo ser sincero del todo debo reconocer que las borracheras tienen sus ciclos, sus normas y su lógica. Que si quisiera podría quedarme con la risa y el recuerdo parcial y placentero de lo mejor y más brillante de la noche. Que fue mucho y muy jugoso. Pero desde que dejé el curso de maquillaje y me dedico a pasar las novelas por el escáner estoy más cerca de la medicina forense que de la tanatoestética. Más cerca del becario tocahuevos que del trepa lameculos. Y es que con esta novela me ha quedado el gusto agridulce de la farra y su decadencia. La carcajada, el asombro, el talento y el crepúsculo. Que la fiesta una vez alcanzado el punto más alto ha ido languideciendo, consumiéndose, devorándose a si misma aunque sin llegar a perder nunca el brillo, sin llegar nunca a trabarse la lengua; pero reduciendo páginas, debilitándose, perdiendo intensidad hasta el cierre de su propia geometría.

Y la respuesta a esa sensación la da el propio Sergio en ese “no epílogo” final en el que dice: “Creo que esta novela ha tenido tres autores que no se conocen apenas entre sí, y cada uno de ellos ha escrito un libro diferente. Los tres se solapan  y se contradicen, pero no se pueden separar: la novela –o las tres nouvelles más o menos autónomas que la componen- ha fundido sus voces”. Por eso esta novela son tres partes por separado que se unen. Y la unión es punto de sutura, cuerpo hilvanado con pespuntes. A algunos insulsos ya les gustaría tener su capacidad de fabulación, su descaro y su lengua; pero lo que le pasa es que esa unión no resulta compacta, sólida, equilibrada. En lugar de una carrera con tres relevos sincronizados, una sola pieza formada por tres cuerpos que encajan sin holguras ni resquicios, se convierte en un triángulo de lados irregulares. Una primera parte febril, salvaje e íntima que es su parte más larga, rica y compleja; con una oferta realmente tentadora: la posibilidad de vivir nuestra propia ficción, ser lo que no somos y hacer lo que nos gustaría. Una segunda lenta, intensa, urbana, -márgenes de dos ciudades una horizontal y otra vertical- melancólica, insomne y oscura, cambiando el registro y pasando de la ficción al realismo pero sin marcar los límites de cada uno. Y una tercera y última exótica y breve, dialogada –nuevo cambio-, teatral y precipitada.

De qué va la novela no importa demasiado. Hay muchos mundos en cada parte. Aunque si tuviera que simplificarlo diría que es la historia de dos hombres enamorados de la misma mujer. Que los enemigos somos nosotros mismos. Las decisiones erróneas que tomamos. Cómo nos dejamos llevar a un lugar y a una situación que no deseamos. Los trucos, los juegos y las mentiras que nos inventamos para huir. La fantasía como recurso. A lo que renunciamos por las obligaciones. Lo que no nos atrevemos a hacer y otros hacen por nosotros: quemar el presente para poder ser libres y regresar al pasado inmediato. Y de nuevo en las palabras de Sergio y en su “no epílogo” está la respuesta a ese triángulo desequilibrado y brillante. Las circunstancias, el estado de ánimo en el que el escritor, el hombre, el padre gestó cada una de sus partes. El calor, el frío y la sombra que condiciona toda creación. La ilusión, la incertidumbre y la tristeza. Tres partes, tres momentos distintos, tres vértices sobre múltiples dualidades humanas; acierto y error, otra partida por jugar y el recuerdo de una borrachera memorable.

Sergio del Molino. “No habrá más enemigo”. 276 páginas. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

Gonzalo Calcedo. “Siameses”

Viaje de retorno.

“Siameses” reúne dos libros de Gonzalo Calcedo: “Otras geografías” (Premio NH, 1996) con prólogo de Carlos Castán y “Liturgia de los ahogados” (Premio Alfonso Grosso, 1997) con prólogo de Juan Bonilla. Segundo asalto de Tropo Editores que es acertada recuperación y redescubrimiento de un autor y un estilo. Pero la curiosidad merece una advertencia previa: la narrativa de Calcedo puede producir perplejidad. Un cierto desconcierto ante su estilo aséptico y frío, de quirófano bien iluminado. La turbación de hacer creer que juega al escondite con el lector.

Recuerdo que cuando me sentí fuera de juego me acordé de Funny Games, la película de Michael Heneke. De aquel momento en el que los protagonistas se encuentran con sus vecinos. Sonríen y disimulan cuando en realidad están aterrorizados. Y actúan como si no pasara nada. Notan algo raro, pero no saben qué es.

Y es que quizás estamos acostumbrados a los relatos de lenguaje obligadamente genial; al relámpago del párrafo deslumbrante. A los relatos piñata, de sobre sorpresa. Y lo que pasa es que Calcedo no escribe relatos de esos. No practica ese estilo. El suyo es el de un mundo furtivo, agazapado entre lo que vemos y oímos, lo que él nos cuenta. Relatos en los que hay algo subyacente, extraño e inquietante, algo desolador que se insinúa; una angustia, un zumbido eléctrico. La incomodidad no es producto de la incapacidad del lector sino del convencionalismo y la costumbre de leer esperando que pase algo, que algo explote, se incendie o derrumbe con estrépito. En los relatos de Calcedo aparentemente no pasa nada y eso resulta desconcertante. Pero llegar a esa conclusión no es más que una apreciación superficial porque en verdad sí que pasa algo; en todos hay una situación a la que los personajes deben enfrentarse; un hecho que se cruza en su camino, llama a su puerta, aparece debajo de una cama, sale a su encuentro, sucede por pura casualidad. Lo decisivo es lo que destapa, lo que se oculta, se dice por resentimiento y se calla por cobardía, hastío, pereza o prudencia. Calcedo es un retratista, un cameraman literario. Él crea el relato y nos lo presta con sus evidencias y sus vicios ocultos, su trasfondo turbio y triste en una escritura diáfana y sin adornos. Ellos –los protagonistas- nos incomodan porque nos vemos reflejados en lo que hacen y dejan de hacer. En su culpa,  su arrepentimiento, sus cuentas sin saldar, sus discusiones, sus vidas resquebrajadas, su tedio, sus derrotas, su mudo rencor y, sobre todo, sus palabras pendientes y sus silencios.

Quizás corre el riesgo de que, por ser fiel a su estilo, pueda resultar monógamo y repetitivo. Pero siempre será una referencia. Tal vez el mérito esté en saber mezclar todos los estilos, hacer cada libro distinto. Pero estos “Siameses” de Calcedo tienen el innegable acierto del redescubrimiento, de mostrarnos que hay otra forma posible de escribir relatos. Elegirle o no es cuestión de gustos y predilecciones, pero siempre después de haberlo leído.

“Siameses”. Gonzalo Calcedo. 167 páginas. Tropo Editores. Zaragoza, 2011. Con prólogos de Carlos Castán y Juan Bonilla. 

Blog de WordPress.com.