Carlos Castán. “Polvo en el neón”

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Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 31 de enero de 2013.

Carretera y manta

Lo he comprobado, en algunos envases lo sigue poniendo: Agitar antes de usar. Pues con este libro sucede algo parecido: Mirar antes de leer. Los de Tropo son dos tipos con testosterona por publicar un libro así. Cuarenta y tres fotografías en color a toda página, algunas dobles; papel cartulina; letras en negrita; sobrecubierta con imagen de cinemascope en el reverso. Me río del diseño afterpop y las guías de viaje. Este es un libro espectáculo, una road-movie convertida en literatura con banda sonora de rock&roll y “la luz de los carteles de neón del exterior llegando hasta las sábanas”.

Pero seamos honestos, semejante salto al vacío editorial no se hace sin red, y ese seguro de accidentes es Carlos Castán. Tropo no habría hecho este libro para publicar a Juan Nadie. Y no es un reproche, no al menos en mi caso; los que me conocen saben que en esa balda donde guardo los libros que salvaría de un incendio están todos los de Carlos. Pero en “Polvo en el neón” la sorpresa resulta mayúscula y muy de agradecer. Me da igual si está o no basada en hechos reales; me gusta creer la ficción de que alguien de mi pueblo haya recorrido parte de la Ruta 66, que diga que “se trataba de llegar a Flagstaff atravesando de Este a Oeste los estados de Missouri, Oklahoma, Nuevo México y Arizona”; que escriba una historia ambientada en la Norteamérica más mítica en lugar de salir en aragoneses por el mundo.

Y es probable que Castán se haya inspirado en alguno o varios autores americanos, que haya algo de imitación u homenaje; pero no creo que eso importe mucho ni que se merezca que nos pongamos a hacer comparaciones. Lo que importa es el cómo.

Y lo que Castán cuenta en esta novela corta es una historia universal que se repetirá mañana. Una historia que parte con la ventaja de un exotismo que se ve reforzado por las fotografías de Dominique Leyva: moteles de carretera, luces de neón y carteles en inglés que nos atraerán como polillas a la luz. Lugares que nos parecerán mágicos porque son distintos a nuestros bares de autovía europea, franquicias con su asepsia de autoservicio y decoración de hamburguesería donde paran los veraneantes y los autocares del Imserso. Nos llamará la atención porque somos unos paletos que han visto muchas películas; pero después, cuando nuestros ojos se hayan acostumbrado a ese paisaje, cuando hayamos dejado de ser turistas, el escenario será un simple decorado. Y cuando cambiemos la configuración del canal y pongamos la película doblada al español Castán entrará en escena con todo el poder de su tristeza, la dolorosa y rotunda belleza de sus metáforas.

Otros son escritores a medio o largo plazo, a Castán le bastan un par de páginas, un párrafo: “Se quedó pensando en cómo puede la luz irse de alguien, cómo de la noche a la mañana resbala de un ser toda esa belleza que tanto dolía, qué solo se queda un esqueleto a veces.” Otros necesitan envolvernos, atraparnos en una red de cuatrocientas páginas, a Castán le vale con un viaje en coche de tres días para fabricar un purgatorio. Él se llama Quinn y ella Sally y su matrimonio en ruinas se ha desmoronado. La inesperada muerte y herencia de la tía Hanna le obligan a recorrer más de mil millas. Él tiene un amante y se pelean en un motel mientras “afuera se escuchaba, de vez en cuando, el estruendo de los trailers sobre el asfalto mojado”.Poesía desoladora de los lugares de paso. El recuerdo y el pensamiento se hacen más nítidos y sinceros en soledad, aislado y en movimiento. Reconocer lo que es ya irrecuperable, ha corrompido el óxido del tiempo. Decir en voz alta lo que no se quiere. Mirarte en el espejo de tu hermano derrotado. Y en el punto final, el regreso, es un nuevo destino.

A Castán los paletos que soñamos con ir a Las Vegas le agradecemos –no sin cierta y cochina envidia- el viaje por la Ruta 66. Pero lo que de verdad le agradecemos es que siga siendo él y su especial manera de poner unas palabras junto a otras para contar lo universal con su personal acento literario.

Carlos Castán. “Polvo en el neón”. Fotos de Dominique Leyva. 95 páginas. Tropo Editores. Zaragoza, 2012.

F.G. Haghenbeck. “El diablo me obligó”

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Reseña publicada en la web “Culturamas”, el martes 29 de enero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/01/29/vade-retro-satana/

Vade retro Satana

Seguro que hay administradores de páginas web, bloggers especialistas en el género y coleccionistas de cómics que podrían hacer de este “El diablo me obligó” una crítica mejor que la mía. Yo me pongo a buscar referencias en el trastero desordenado de mi memoria y tan sólo encuentro a “Constantine”, la película de Francis Lawrence protagonizada por Keanu Reeves. Entre las dos hay ciertas coincidencias argumentales y recuerdo que en la película hay varias escenas realmente buenas. Pero ahora, ante mis ojos, se hace pequeña y un poco –tal vez injustamente- teen. Hoy en día con los ordenadores puedes crear la imagen más extraordinaria y aterradora, engañar a la vista y hacerle creer lo que quieras al espectador. Con esta novela estoy hablando de literatura. Sí, ya sé que son lenguajes diferentes, pero que nadie me pida objetividad; si tengo que elegir bando lo tengo claro: Haghenbeck gana. Porque en una película se puede crear al alien, zombi, vampiro y demonio más espeluznante y sangriento; pero en la literatura el dibujo se hace más difícil y complicado y tiene que estar muy bien hecho para que resulte creíble y no una caricatura o un guión de Ed Wood. Pero, sobre todo, la literatura cuenta con las palabras, los sustantivos y los adjetivos capaces de definir, enfocar, crear la imagen y llegar aún más lejos. “El diablo me obligo” empieza utilizando una técnica común al cine y a la novela: una secuencia urbana, tenebrosa e impactante que hace que te olvides de que mañana es martes y tienes que madrugar. Haghenbeck gana porque en el primer párrafo ya está la literatura: “Las calles ofrecían el espectáculo deprimente de la humanidad cagándose en el planeta. Grandes avenidas de concreto simulaban arterias gangrenadas. Si la ciudad de Los Ángeles es lo más alejado del cielo de Dios, entonces East Side es el mismo culo del diablo. Al menos, una de sus almorranas”. La literatura y el estilo –salvaje y directo- de un mexicano con un apellido que habrá tenido que deletrear miles de veces. “Eran refugiados de la pesadilla del hambre en su país. Sobrevivían al calor y a la migra, abanicándose mientras workeaban como limpiaexcusados en un McDonld´s. Había mujeres en camisones, coronadas con una orgía de tubos; hombres en calzones y con una gran panza a los que se les asomaba un testículo que buscaba refrescarse.”

Y en el segundo capítulo técnica de flash-back y cambio de escenario. De las calles de Los Ángeles pasamos a las montañas de Afganistán. Un comando del ejército norteamericano persigue a los talibanes en sus cuevas, pero en realidad son “diableros” que se dedican a cazar demonios por encargo. Y a continuación la presentación de la “Karibumaquia”: peleas clandestina de ángeles y demonios en todas sus modalidades. Los organizadores son humanos que capturan o crían a estas criaturas para el combate. Las peleas son a muerte y no son más sanguinarias que las peleas de gallos, de perros o las corridas de toros. Grandes apuestas, poder y mucho dinero. A todos los criadores o cazadores de querubines y diablos de pelea se les llama diableros y el ruedo donde se lleva a cabo los combates se llama hoyo”. Ya sabemos de qué va todo esto. “Constantine” es definitivamente una película teen y la imaginación de Haghenbeck no tiene límites. En “El diablo me obligo” hay misteriosos ritos, una sociedad secreta: “El Cónclave” y referencias a la Biblia gnóstica. “El Código Da Vinci” es una novela para beatas y meapilas, y “El exorcista” es el Jurassic Park de las películas de posesión. Robert Rodríguez debería hacerle una oferta a Haghenbeck para que se convirtiera en su guionista.

Seguro que los coleccionistas de cómics conocen a Haghenbeck. Seguro que esta novela se citará en las webs y en los foros especializados. Ellos conocen mejor el producto y sabrán apreciar sus virtudes y dejarán en evidencia sus defectos. Yo reconozco que me ha causado el mismo asombro de un adolescente que ve por primera vez a una mujer completamente desnuda en una fotografía a todo color. Que me he sentido fascinado por sus personajes: el sobreviviente Elvis Infante y su coche: “Un Chevy 74, rojo metálico. Achaparrado, equipado y remodelado como nave espacial chicana. La figura de plástico de la caricatura de Cantinflas, vestido de diablo, miraba al frente desde el cofre”. El Tecate y Lil Gotik: “Tratas de pensar qué dirán los demás automovilistas que vean a un tejano con sólo un chaleco y una japonesa disfrazada de la novia de Tim Burton. Crees que no mucho. A fin de cuentas vives en Los Ángeles. Todos están locos y tienen reservado un cuarto en la casa de la risa. Sin excepción”; Curlys, el padre Benjamín, Norma Schimtz y Kitty Satana: “Pómulos redondeados y rojizos, de niña pícara, la que pone la chincheta en la silla del profesor”.

Tal vez de esta novela se pueda decir que no tenga más pretensión que la de ser un pasatiempo, una buena novela de género. Y aunque en algunos momentos pueda resultar confusa y excesiva debo reconocer que me he divertido mucho con el espectáculo, con su puesta en escena, con su estética, con sus descripciones y sus diálogos. Que Haghenbeck aprovecha la trama para recordarnos unas cuantas verdades sobre Afganistán, sobre la emigración mexicana en los EEUU, las drogas y hacer demoledora crítica social. Para hablarnos del infierno diario y los demonios personales; que “el bien y el mal poseen el mismo código postal: el hombre”. Hablarnos en espanglish y usar un lenguaje canalla, realista, salvaje, irónico, tierno, fantástico y burlesco. Miles de palabras que valen más que una imagen.

F.G. Haghenbeck. “El diablo me obligó”. 198 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

Luis Landero. “Absolución”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes 25 de enero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/95011/el-viaje-de-orestes

El viaje de Orestes

Veinte euros por un libro hacen de la literatura una inversión cara y arriesgada. Si el libro es malo la rabia o la sensación de estafa nos puede llevar a la renuncia, o a lo que es peor, a caer en la literatura digital o de low-cost que normalmente suele tener el mismo valor que su pvp. Pero hay en la literatura en papel algunos nombres que nos aseguran que la inversión –o el gasto- habrá merecido la pena, y Luis Landero es sin duda uno de esos nombres.

A estas alturas de la película que Landero haya escrito una buena novela no es noticia. Lo llamativo sería que fuera un fraude, que hubiera hecho un experimento, un sándwich de nocilla con chorizo de cantimpalo. Y aunque en mi opinión esta “Absolución” no está a la altura de las tres últimas novelas que ha escrito, leer a Landero es siempre garantía de buena literatura, es saber que no resultará un mero pasatiempo, literatura de entretiempo para amas de casa o un libro escrito por un/a ¿famoso/a? presentador/a de televisión. Landero hace de la literatura algo serio, rotundo y sabroso, útil y enriquecedor  que no es casual ni oportunista.

Y en “Absolución” mantiene el tono, la magia de la palabra exacta, nutritiva, hermosa y triste, pero por momentos mezcla la narrativa con la fábula o la alucinación (objetos que hablan) y con una introspección que resulta obsesiva y rompe el ritmo. Es, en ciertos momentos, un relato en claroscuro, excesivamente ensimismado en su interior, pero esos instantes son apenas aguadillas, inmersiones temporales que interrumpen brevemente la respiración pero que en ningún momento llegan a ahogar la novela ni dejan secuelas irreparables. Es tanto y tan bueno lo demás que acabamos viendo ese monólogo obsesivo y constante como algo consustancial al texto y a la realidad. Al fin y al cabo la persona con la que más hablamos en la vida es con nosotros mismos.

“Absolución” es una novela que comienza con una pregunta que se hace el protagonista: “¿Será posible que, al final, hayas logrado ser feliz?” y esa es una manera de entrar y presentarse a la que nadie puede resistirse y ante la que sentiremos curiosidad y le sumaremos la envidia cuando además afirma: “No, quizá el mundo no es tan azaroso y contingente como a ti siempre te ha gustado creer.” Aserción que poco a poco se verá desmentida, que pasará de la afirmación a la negación, del triunfo al fracaso en tan solo una mañana. Un “Ulises” callejero que en unas horas mudará la estable y aparente felicidad por una huida precipitada y aniquiladora.

Las novelas de Joaquín Berges –otro nombre seguro- tienen cierta similitud temática con las de Landero, aunque Berges tiene otro estilo: utiliza el humor para hablar de cosas serias. Pero los dos comparten algo: enfrentarnos a nosotros mismos y tratar de encontrar el sentido de la vida, descubrir quienes somos y qué queremos. Encontrar las respuestas haciéndonos preguntas, poniéndonos a prueba. Encender la cerilla hasta quemarnos los dedos. Y si bien ese viaje iniciático, ese tropezar en la piedra o cometer errores debemos hacerlo solos, Landero nos descubre que también necesitamos de la ayuda de los demás. Y esa es la fortuna de Lino, el protagonista de esta “Absolución”, porque el camino lo hace solo, pero son las personas que se cruzan en el las que le ayudaran a pasar a limpio los apuntes de su cuaderno de viaje. Son los demás con su ejemplo, confidencias y ánimos, con su saber escuchar, los que nos permiten comprender y llegar a una conclusión.

Básicamente esta novela se reduce a algo muy sencillo y a la vez muy complicado: buscar, saber “encontrar nuestro sitio en el mundo”. Y es que en general somos conformistas, resignados y cobardes. Y cuando alguien no es así, no sigue la línea recta, no sabe lo que quiere, se le mira como a un bicho raro. Pero esa búsqueda tiene sus riesgos. Porque nos haremos ilusiones con algo, construiremos castillos en el aire, seremos la lechera del cuento y podemos pasarnos toda la vida buscando una utopía, un lugar que no existe y que tal vez no encontraremos nunca; y esa angustia, esa incertidumbre, es muy difícil de llevar. Se trata entonces –quizás- de “negociar con la vida y llegar a un pacto de mínimos, a un simple pacto de no agresión, tú o me das mucho y yo tampoco exijo más.”

Los libros de autoayuda son una filfa moderna. La literatura hace mucho tiempo que inventó ese subgénero. Lo que pasa es que hoy en día la gente se ha acostumbrado al eslogan, a la filosofía y psicología reducida a un artículo de revista, a comprar existencialismo en las tiendas de los chinos.  Todos somos cobardes, todos necesitamos de un suceso en nuestra vida que la ponga patas arriba y Lino no es peor ni mejor que los demás. Lino duda, pero no se atreve. Se cree feliz porque ha encontrado la estabilidad, un trabajo, el Amor. Sabe que si hace sol no debería sentir frío, que si tiene los pies en el suelo no debería sentir vértigo. Y es un suceso extraordinario el que le obliga a huir, a convertirse en fugitivo y vagabundo. Se trata de andar, estar en movimiento constante para no pensar, alejarse para dejar de sentir remordimiento, esconderse de la culpa. Y en esa huida, en ese presente huyendo del pasado y con la incertidumbre del futuro “Absolución” nos deja el regalo de unos personajes inolvidables, extravagantes, ridículos, entrañables, inocentes, providenciales, vitalistas, indulgentes: el padre de Lino, el señor Levin, Julio Gálvez y Jesús Olmedo. Y además Landero nos muestra palabras incómodas, palabras esenciales, decisivas, cargadas de significado: contingencia, azar, tedio, fatalismo, ironía, escepticismo, permanencia y cambio, ilusión y derrumbe, desencanto, conflicto, soledad, problema insoluble, alegoría, perdón, locura y purificación. Nos recuerda algo que olvidamos a menudo: que el hombre es un ser insatisfecho y contradictorio; pero que no por eso debe renunciar a hacer la prueba, encontrar la respuesta, salir en busca de un tesoro, de ese dorado que no está hecho de dinero. Esta novela es la crónica de un viaje que todos deberíamos hacer al menos una vez en la vida. Porque de ese viaje se vuelve mucho más sabio.

Luis Landero. “Absolución”. 318 páginas. Tusquets Editores. Barcelona, 2012. 

Manuel Rivas. “Las voces bajas”

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Reseña publicada en la web “Culturamas”, el miércoles 16 de enero de 2013.

http://www.culturamas.es/blog/2013/01/16/memoria-personal/

Memoria personal

Resulta muy fácil identificarse con una parte de este libro. Emocionarse con ella,  caer seducido por la música de sus palabras, la lírica de su prosa. Es esa parte en la que Manuel Rivas cuenta y recuerda los años de su infancia. Su hermana y sus padres; sus abuelos y tíos; su familia. Cuando habla del “Paraíso inquieto”: “Conocí ese lugar de niño y en él crecí. Un paraíso donde los caballos de colores comían espinas. Un paraíso duro, con nombre de batalla. Era Castro de Elviña”. Allí “donde el viento daba la vuelta” y su padre construyó con sus propias manos una casa. Hogar familiar con cocina de hierro y pozo del que nunca brotó agua. Un tiempo y lugar de caminos de tierra frente al mar, lavanderas, emigrantes y costureras ambulantes,  martes de carnaval y día de difuntos; peña del cuco y castaño del souto. Todo eso que se ha quedado en el “departamento de grabaciones no autorizadas de la infancia”, que compone la “Enigmática organización de lo inolvidable”. Recuerdos y memoria que son “propiedad inmaterial” de “el libro de la vida”. Y esa identificación resulta lógica porque todos tenemos una infancia, unos padres, una familia, un lugar. Y seguramente nuestros padres hayan muerto ya y el paisaje de nuestra infancia se haya perdido, transformado en algo muy distinto. “Ahora, en aquel espacio, hay esculturas inmóviles y una obsesión de césped municipal, el verde acrílico laminando los colores silvestres”.

Y en ese recuerdo personal encontraremos a un padre poco hablador que era albañil y en su juventud tocaba el saxofón en las orquestas de baile de las verbenas; a una madre que hablaba sola y era lechera y ama de casa; unos padres diferentes e iguales a muchos de aquella generación, a los nuestros, de origen humilde y una vida de sacrificios y renuncias sin apenas recompensas; un vivir heroico sin más hazañas que las de trabajar y sobrevivir sin poderse permitir el caer enfermos, con la suerte pequeña y un silencioso pasar en voz baja y que ahora, desde la distancia y los recuerdos de Manuel, son un ejemplo de sencilla dignidad, un recuerdo personal compartido.

Y entre esa memoria encontraremos la prosa poética de Rivas: “El faro era la luz de un ser vivo. Despertaba en el crepúsculo, como un murmullo luminoso, y vivía de noche. La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. El mar infinito y las habitaciones angostas”. Encontraremos relatos maravillosos -como “Las ruinas del cielo” y “La foto de familia”- compuestos casi siempre de varias historias en los que destacan siempre ese acento íntimo, de confidencia y exquisita nostalgia, y ese estilo poético que se incluye en la narración y subraya lo que se cuenta. Algo muy difícil de conseguir y que a Rivas le sale con naturalidad.

Y hay dentro de todos esos recuerdos dos maneras de reconstruir la memoria. Una es la autobiografía del niño redactada con las palabras del escritor reconstruyendo su pasado, haciendo hermosa literatura con él: “Habíamos dormido en casas campesinas, humildes, sintiendo el roce de las piedra al lado de la almohada, el correteo de los ratones, el extraño crujir de las camas transportando suspiros desde los cuartos matrimoniales, los pasos balbucientes de una anciano y el sonido de caracola del orinal en la noche, el saúco en lucha contra el viento en la ventana, el ir y el venir de las contraseñas centinelas de los perros”. El recuerdo original del niño, seguramente más simple y tosco, que se convierte ahora en algo bruñido y brillante. El recuerdo así es como una vieja fotografía en blanco y negro restaurada, coloreada, que mejora el original. El escritor es el alquimista que convierte la alpaca en plata de ley.

Y la otra es la que se reconstruye con los testimonios ajenos; con lo que otros adultos le contaron al escritor para que hablara de cuando él era niño y no alcanza su memoria. Aportación que él mismo reconoce en los agradecimientos de la página final: “Las personas que me ayudaron a ver en otro tiempo, a rememorar”. Es el vaso medio vacío de la memoria propia que se llena con recuerdos prestados y se convierte en un líquido uniforme y bien mezclado que ocupa todo el espacio.

Toda automemoria al hacerse pública es siempre selectiva, subjetiva, parcial. La de Manuel y la nuestra. Contaremos nuestra versión, lo que queremos que se sepa y callaremos lo que no; estará formada por prosa y poesía, recuerdos indemnes y mutilados, verdad y ficción. Y así debemos leerla. Porque como Manuel dice: “Escribí sin mirar las notas, siguiendo esa verdad inconfesable del periodismo que dice: “Si te olvidas, inventa. ¡Y acertarás!” Si inventas bien, claro”.

Y esa memoria es la que se hace absolutamente personal cuando se hace ideología. Y aunque estoy seguro de que para los que sean –como Manuel- de izquierdas, esa será una parte con la que se identifiquen plenamente, a mi no deja de producirme cierta perplejidad. Supongo que es cuestión de edad y coincidencia. Cada uno es hijo de su época. Manuel nació en 1957 y yo diez años después. Diez años son muy poco, pero en este caso a mi me parecen un abismo. Para mí treinta y cuatro años de democracia han hecho vieja a la dictadura de Franco, historia en blanco y negro que no sirve para justificar políticamente el presente. Pasado personal y ajeno del que incompresiblemente presumir: Unión do pobo galego, Bandera Roja. Y mucho menos admisible me parece ese oxímoron –en su sentido literal- de la izquierda nacionalista, de patriotismo lingüístico en el que Rivas se incluye.

Manuel Rivas. “Las voces bajas”. 200 páginas. Alfaguara. Madrid, 2012. 

Manuel Chaves Nogales. “Juan Belmonte, matador de toros”

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Reseña publicada en la sección “Libros” del Diario Siglo XXI, el viernes 11 de enero de 2013.

http://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/94316/ju-vaca

 ¡Ju, vaca!

Los libros suelen atraernos por razones objetivas y subjetivas. En este caso lo objetivo es la figura de Manuel Chaves Nogales; a quien descubrí el año 2004 cuando la Asociación de Libreros de Viejo publicó su “A sangre y fuego” con motivo de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid. Desde entonces –y sobre todo desde hace unos años- se ha reivindicado su nombre y reeditado su obra literaria. Y antes de ese justo redescubrimiento la única de sus novelas que sobrevivió a su muerte y olvido y que todavía aparecía en las librerías de viejo y se reeditaba –la primera edición en “El libro de bolsillo” de Alianza es de 1970- era esta biografía de Juan Belmonte. Novela que se publicó en 1935 y que por su éxito -se llegó a traducir al inglés- le permitió a Chaves Nogales encontrar trabajo como periodista en el Evening News al llegar a Londres en 1940 huyendo de la Francia ocupada y antes del Madrid republicano.

Chaves Nogales es un claro ejemplo de aquella Tercera España que no pudo ser. Pero además de sus novelas sobre la Guerra Civil están esas otras que nos muestran al periodista que dejó testimonio de la actualidad política y social de su tiempo y que ha conseguido superar la inmediatez de la noticia y su condena a la hemeroteca mezclando a partes iguales la buena narrativa y el reportaje periodístico. El Chaves escritor supo ir más allá de la novedad y el asunto de moda. Los temas de sus novelas tratan del presente con vocación de permanencia; una crónica, una experiencia humana –propia y ajena- que resistirán el paso del tiempo y servirán en el futuro para conocer y entender el pasado.

Y al contrario de lo que se hace hoy alabando al famoso de ocasión de usar y tirar; Chaves nos presenta a Juan Belmonte, un personaje sin vanidad en el que hay un transfondo y una enseñanza, un ejemplo sin fecha de caducidad. Porque setenta y siete años después de su publicación esta biografía suya se lee con asombro y auténtica admiración. Una vida que es forja, superación y ambición; duda, sinceridad y éxito, fracaso y fortuna y al mismo tiempo una novela picaresca y costumbrista.

Y las razones subjetivas de elegir este libro están en el interés y la curiosidad por la referencia indirecta que otros han hecho del personaje y una personal manera de rebelarme. Porque Belmonte aparece citado en muchos de los libros que he leído que retratan una época por la que siento una irracional atracción: el Madrid de principios de siglo XX; pero antes de llegar a ese “Madrid pintoresco” me encontré con una Sevilla que Chaves y el torero compartieron: “Ya ha surgido el gran edificio de las pañerías inglesas y aun hay al lado un ropavejero; todavía no se ha ido el memorialista y ya está allí empujándole a morirse la cabina del teléfono público; los quincalleros con sus puestecillos ambulantes disputan la calzada a los raíles del tranvía; los carros de los entradores del mercado llevan a su paso moroso a los automóviles que vienen detrás bocineándoles inúltimente”. El magistral y literario retrato de una sociedad que se transformaba y una ciudad que cambiaba de siglo y que en sus calles crecieron los dos. Un barrio –Triana- en el que Belmonte “jugaba al toro como jugaban entonces todos los niños de mi edad, los mismos que hoy juegan invariablemente al fútbol”. Una primera juventud, una “época heroica”, en la que hizo pandilla con unos “toreros chiflados, gente de una imaginación exaltada que iba a la torería como una aventura novelesca”, un grupo de “anarquistas del toreo” con los que iba por las noches a las dehesas a torear desnudos a la luz de la luna.

Una parte que me resultó mucho más interesante que la anhelada crónica de ese Madrid de bohemia y fonda en la que vivió Belmonte rodeado de una “humanidad pintoresca y atrabiliaria” y que era “la casa más disparatada del mundo” y en el que en el Café de Fornos y su tertulia conoció e hizo amistad con “el escultor Julio Antonio, Romero de Torres, don Ramón María del Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa y Sebastián Miranda”.

Y la otra razón subjetiva en el interés por leer la biografía de un torero es la de llevar la contraria. No soy aficionado a los toros –Chaves Nogales tampoco lo era- pero me fastidia que unos con una evidente hipocresía los hayan prohibido parcialmente y que otros pidan su prohibición. Que unos y otros no nos dejen la libertad de elegir. El que quiera que vaya y el que no que se quede en su casa.

A todos los que no sufran de rabia antiespañola y a los que les guste provocar y epatar a los prohibicionistas les aconsejo leer esta biografía aunque no sean aficionados a los toros . En ella descubrirán a un personaje realmente fascinante. A un torero que fue una “rareza”, alguien que no fue a la escuela más que de los cuatro a los ocho años y que “leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos”. La historia del hijo de un miserable quincallero que pasó hambre y llegó a pedir limosna por los caminos antes de triunfar y conocer el halago y tormento de la popularidad y el bienestar económico; que fracasó muchas veces y se levantó siempre, que dudó y tuvo miedo, disfrutó toreando; viajó por casi toda Hispanoamérica y conoció la plena felicidad haciéndose ganadero y viviendo en el campo.

Manuel Chaves Nogales. “Juan Belmonte, matador de toros”. 409 páginas. Epílogo de Josefina Carabias. Alianza editorial. Madrid, 2012.

Juan Carlos Márquez. “Norteamérica profunda”

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Reseña publicada en el suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, el jueves 24 de enero de 2013.

Viajes y vidas

En una de las páginas de esta “Norteamérica profunda” se dice: [Leer es] “viajar a tierras y épocas remotas sin moverse del sitio. Vivir otras vidas. Esos son los verdaderos beneficios de la literatura”. Y aunque no sea una reflexión original, en este libro adquiere auténtico sentido. Porque estos cinco relatos son viajes y vidas ajenas que apropiarse y compartir. Un viaje al far west; a Memphis; a un pueblo de Minnessota; a la Costa Azul y a Canadá en autocaravana para ver la aurora boreal. Y con el viaje conocer las vidas que los habitan: una familia de colonos; un preso y su carcelero; una madre viuda y su hijo; unos nuevos ricos que veranean en Europa y un matrimonio y su último viaje juntos.

Tal vez algunos no quieran admitir que nuestra referencia cultural contemporánea es la norteamericana. Es la que hemos adquirido desde el cine y, sobre todo, desde la televisión. Y Juan Carlos construye sus relatos desde todas esas imágenes metabolizadas en nuestro organismo tras décadas frente a esas pantallas. Películas del oeste; irlandeses emigrantes; adolescentes de high school; veteranos de la guerra del Vietnam; granjas, ranchos y prisiones; millonarios self-made-man; jugadores de béisbol y moteles de carretera. Juan Carlos aprovecha esas referencias para situarnos y meternos en la historia y, de paso, hacer ganar a los puntos a literatura vs la imagen. Porque la televisión es la comodidad y lo inmediato; es cómo la comida preparada, basta apretar un botón y el gasto va incluido en la factura de la luz. La imagen nos muestra lo que hay sin enseñarnos los sustantivos y adjetivos que necesitamos para nombrar lo que vemos, y la literatura sí lo hace: “Mamá se emplea de camarera en Magic, una cafetería muy concurrida del Bronx. Es un tugurio nada recomendable para una mujer blanca, refinada y bastante guapa, frecuentado por negros de mirada torva, putas, maricones e italianos de un gimnasio contiguo”. Juan Carlos nos demuestra que el mérito está en el lenguaje y la forma. En su estilo: esa mezcla de sentimentalismo e ironía que le hace al mismo tiempo descarnado y conmovedor y que recuerda al mejor Tarantino. Márquez cuenta historias sencillas y profundas con la risa y la herida, la fortuna y lo vulgar, el sexo sin veladuras, el amor sin edulcorar, la muerte en diferido y la vida sin eufemismos, con su agridulce sabor original. Cinco relatos directos y profundos sin la evidencia de lo simple ni la incomodidad del enigma en los que con cada viaje, con cada lugar, cambia el registro y muta el tono creando personajes –secundarios y protagonistas- memorables, imágenes simbólicas y metáforas sin rodeos.

Uno se va haciendo su pequeña lista de escritores a los que seguir. Su pequeño botiquín de libros medicina. La literatura como ansiolítico, anfetamina y paracetamol; el escritor que hace que todo este insomnio merezca la pena. Y Juan Carlos Márquez es uno de ellos.

Juan Carlos Márquez. “Norteamérica profunda”. 95 páginas. Editorial Salto de Página. Madrid, 2012.

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